sábado, 28 de febrero de 2009

Comer o no comer.

Todo empezó con el chocolate. Su color, su aroma, su sabor, sus mil presentaciones: en bombones, en tableta, a la taza, en mouse, sirope...

Con los años llegó el tabaco. Todavía recuerdo mi primer pitillo. Y el miedo a ser descubierta. Y la excitación de lo prohibido, de lo "adulto".
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Y las discotecas. No es que resulte especialmente placentero dejarse un montón de euros en dedicar algunas horas a atentar contra los propios tímpanos. Es... la necesidad de sentirse alguien, de encajar en un grupo, de integrarse en la moda, de aparentar que se ha conseguido de alguna manera ser feliz (aunque sea a base de alcohol y risa estúpida).
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Cómo no: llegaron los chicos. Tenían que llegar. Y lo hicieron cargados de mil manzanas, cada cual más apetecible, cada cual más tentadora. Después de haber dicho sí al inocensivo chocolate, ¿cómo despreciar la manzana? Ésta no hacía a una sentirse más inteligente, como aquella del Edén, pero sí un poco menos sola. Al menos con el primer mordisco. Quizás también con el segundo. Hasta ahí.
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Disfrazadas mejor o peor, de nobles deseos o bajos instintos, las tentaciones siempre han acompañado la historia de los hombres. De todos los hombres. También la de Jesús. A veces son descaradas, como quien defrauda a Hacienda o copia en un examen; otras aparecen sutiles, escondiendo una proposición indecente entre líneas de un simple SMS. Pero siempre son rojas. Como las manzanas. Como la vergüenza que da confesar que se quiso aparentar lo que no se era, gustar lo que en realidad no se deseaba, amar lo que no era amable, abusar hasta hacerse daño, dar valor a lo que nada valía.
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La tentación está ahí. El árbol dejó caer su fruto a tus pies. Comer o no comer: esa es la cuestión. Y tener la libertad de poder elegir, nuestra grandeza.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Otra historia: Manuelita

Manuelita de niña había sido siempre muy buena. Era bonita, educada, graciosa, y con un gran corazón. Lo que más le gustaba era jugar con sus muñecas, y lo que menos hacer deberes. Siendo la más pequeña de la casa, se sentía cuidada y querida como la que más. Obedecía sin problema a sus papás; y cada noche, antes de cerrar los ojitos, rezaba sus oraciones...

Pero los años pasaron, más rápido de lo que una de niña espera. Y una mañana, al abrir su ventana, Manuelita escuchó voces nuevas que desde la calle parecían gritar su nombre. Un día tras otro, la curiosidad fue creciendo en el silencio de su habitación. Y empezó a hablar menos, y a dormir mal, y a suspender, y a querer ser mayor, y a olvidar aquellas oraciones entre las sábanas, y aparcó sus muñecas en un armario, y empezó a salir por las noches, y a comer poco, y a desear mucho...

El despertador sonó, como siempre. Pero Manuelita no se puso su uniforme, ni cogió los libros. Hizo una pequeña mochila con ropa, vació el monedero de su mamá, y salió de casa. Y se marchó. Convencida de su autosuficiencia. Sin dejar siquiera una nota. Unos dicen que la vieron alguna vez tocando la guitarra en el metro. Otros, que había estado andaba de la mano de un camello. Ninguno se atrevió a contarle a su familia que Manuelita se hacía llamar Amanda, que trabajaba de noche, que tenía clientela fija, que vivía en un pisito que le habían puesto, y que escondía sus ojos tristes y amoratados detrás de unas gafas oscuras, como hacían todas.

Una noche de febrero, sucia por dentro y por fuera, medio desnuda, hambrienta y agotada, Manuelita salió al balcón. Y sintió frío. Y miedo. Y asco. Y se quedó pensando en qué momento su autosuficiencia se había convertido en esclavitud sin que ella apenas se diese cuenta. Abrió el armario: ni rastro de sus muñecas; sólo ropa provocativa y un buen fajo de billetes dentro de una caja de zapatos. Y recordando su hogar lloró. Y pensó en volver. Y tembló. Se acurrucó en el sillón por no acercarse siquiera a aquella cama que no sentía suya. Se tapó con una manta, e intentando recordar cómo eran aquellas oraciones de niña se durmió. Y una voz, entre sueños, volvió a llamarla por su nombre... "No recuerdes lo de antaño, no pienses en lo antiguo; mira que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notas?" (Is 43, 18-19).

Manuelita se levantó, se duchó, se puso el abrigo, y emprendió el regreso a la casa paterna.
Ahí empezó su Cuaresma.
¿Y la mía?
¿Y la tuya?

sábado, 21 de febrero de 2009

Quedada nica-febrero 2009

Cuánta gente guapa, ¿verdad?.
Es difícil encontrar tanto bueno junto en tan pocos metros cuadrados.
Un placer haberos conocido a los nuevos.
Y una alegría enorme veros a los veteranos (especialmente a los que habéis madrugado para venir a reencontraros con nosotros).

Es definitivo: el poder curativo de una sonrisa, de un beso, de un abrazo, es incalculable. Y los vuestros todavía más, porque son de familia.

(clik en la imágen para ampliar)

domingo, 15 de febrero de 2009

¡Felicidades, Tesa!

Hoy hace 6 meses llegaste a la vida. No sé dónde ni cómo (yo me lo perdí, ni siquiera lo sabía, andaba en "mis cosas" sin saber que pronto tú serías parte de ellas); la vida siempre es una sorpresa, y un milagro. Tuviste un papá y una mamá: uno de los dos era un caniche y el otro un bichón maltés. Eso lo he descubierto solita, mirándote. Y hace dos meses llegaste a nuestra casa, por esos renglones torcidos de Dios, y nos adoptamos mutuamente como familia-manada. No pagué nada por tí, porque no tienes precio. Eres el bichito más bonito, tierno, suavito y cariñoso que jamás pude imaginar. Tan buena como lista. Hay una canción de Fito Páez que se titula "Tengo una muñeca que regala besos"... debe referirse a tí.

Felicidades, Puchita, Peluchita, Puchicú, Tess, Tesela, Tesita, Tesis, Princesa Tesa, bomboncito que endulzas nuestros días y los llenas de juegos y de risas, bolita de pelo besucona, pelotita de plata, nubecilla gris, cachito de cielo...


sábado, 14 de febrero de 2009

San Valentín de Terni

Un poquito de historia, por favor. Sólo un poquito, que mucho tampoco se sabe. Lo justo para que no se den entre nosotros casos parecidos a...

"-¡Felicidades!
- ¡Gracias!. ¿Por?
- Porque hoy es San Valentín.
- Ah... ¿y ése quién es?".

En realidad es una buena pregunta. Sería una señal estupenda de inquietud cognitiva que más de uno se la hiciera, en vez de copiar poesías y recortar corazoncitos sin más.

Nos situamos en Roma, siglo III, antes de la paz de Constantino. Ahí encontramos al sacerdote Valentín, celebrando los Sacramentos en la clandestinidad. Sí, por supuesto: también matrimonios. Probablemente por eso pasó a ser el patrono de los enamorados. Pero le tocó a él como le podría haber tocado a cualquier otro sacerdote de la época.

Por lo que cuentan era un hombre santo, y su fama se extendió hasta llegar a oídos del emperador Claudio II, que lo mandó llamar para escucharle. Valentín, que valiente era, aprovechó la ocasión para predicarle el Evangelio; y a puntito estuvo de convertirlo. El goberdador de Roma, un tal Calpurnio, se enteró y puso el grito en el cielo, y decidió que mejor se encargaba él del asunto. Mandó a su lugarteniente, Asterius (que no Astérix) que lo entrevistara y,de paso, que lo procesara. Los romanos eran así: no se andaban con rodeos. Asterius se burló de Valentín, y quiso ponerle a prueba, llevándole a su hija ciega a ver si el sacerdote, en nombre del famoso Jesucristo, era capaz de curarla. Lo que probó para burla acabó en milagro y conversión. Viendo el escándalo que se estaba montando, el emperador ordenó el martirio de Valentín en el 270. Sus restos se conservan en Terni (Italia), capital mundial del amor (proteste cuanto quiera París).
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Visto lo visto, y subsanada la laguna cultural, no quiero cerrar esta entrada sin aportar mi granito de arena a la mágina que tienen los 14 de febreros, que una cosa no quita la otra.
Aquí una canción preciosa, dedicada a todos los que estáis enamorados, a los que seguís enamorados después de tropocientos años juntos, a los que empezáis a sentir esas mariposillas en el estómago por vez primera, a los que esperáis a ese amor que llegará seguro a la vuelta de la esquina. Especialmente dedicada a todos los chicos que se han atrevido a soltarme un "te quiero" así, sin tapujos, a lo largo de mi historia; y a "Tarzán", que sé que anda cerquita, buscándome: si me lees, que sepas que te estoy esperando y tengo mi ventana abierta. ¡Ánimo!, el resto quiero vivirlo contigo...

viernes, 13 de febrero de 2009

Estoy alucinada

No me lo puedo creer. Pongo el chiste por pura ironía, por supuesto. En menos de 2 días, más de mil visitas. Hadasita, en cambio, dice que lo entiende perfectamente...

"¡Pues claro!. Porque a nadie le gusta el cole. Y porque hoy es viernes y la gente tiene tiempo, también para leernos".

Sea por el motivo que sea, de nuevo GRACIAS: ¡¡¡34.167 gracias!!!



Nota: además de leer más o menos en profundidad, o echar un vistacillo rápido, lo de comentar tampoco está mal. Si queréis, os invito a probarlo.

jueves, 12 de febrero de 2009

Pero ¿qué tiene el cole?

Estaba un poco preocupada por la contestación de Hadasita de ayer, sobre el colegio. Me quedó clarísimo que no le gusta, pero no entendía bien por qué. Mi peque es trabajadora, disfruta haciendo deberes, le encanta aprender cosas nuevas, saca buenas notas, no se pone nerviosa cuando hay controles porque sabe que se los sabe. Entonces...

- ¿Por qué no te gusta el cole?.
- Por los niños.
- ¿No te gustan los niños?
- Algunos sí.
- ¿Sólo algunos?
- Sí, sólo algunos.
- ¿Se portan mal contigo?
- ¡Se portan mal, siempre!
- ¿Pero no serán todos?
- No, algunos no. Pero casi todos.
- ¿No estarás exagerando, Hadasita?
- No.
- ¿Me quieres contar qué hacen?
- No.
- ¿Por qué no?
- Porque no hay que hablar mal de las personas. Eso me lo enseñaste tú.
- Cierto...
- Pero hay algunos que son buenos. Yo intento ser buena, ¿sabes?, pero a veces me siento un poco sola...
- Dime una cosita, Hadasita: ¿por qué piensas que esos niños no son buenos?
- No sé. A lo mejor porque no tienen en casa a nadie que les diga que no hay que hablar mal de las personas...
Y la abrazo.
Y la beso.
Y se agarra bien fuerte a mi cuello.
Y lloramos.
Y Tesa se vuelve loca, y a saltos se me sube encima y se funde en nuestro abrazo.
Y en silencio le pido al Sembrador que no deje que sus plantitas se ahoguen ni se sientan solas.
Y que no permita que la influencia (o la falta de influencia) de más adultos asfalte la tierra fresca de los que quieren vivir su infancia de verdad.

domingo, 8 de febrero de 2009

Domingo

Me encantan los domingos. Son geniales.
Los domingos pongo sábanas limpias.
Los domingos me levanto sin despertador.
Los domingos ando en batín hasta la hora de comer.
Y como en casa, de caliente.
Los domingos juego sin límite de tiempo. Y me rio a gusto. Tesa y yo nos matamos a besos y cosquillas.
Los domingos me pongo en contacto con todas esas personas de las que no me olvido los lunes, pero con las que apenas puedo hablar.
Los domingos no trabajo: disfruto lo que hago, aunque haga lo mismo.
Los domingos puedo leer, y subrayar, y pensar.
Los domingos toco la guitarra. Y canto todo lo que me apetece.
Los domingos despejo la mesa, todo está en su sitio, nada se amontona.
Los domingos sueño lo que quiero que sea la semana que empieza.
Los domingos ventilo la casa, y el corazón.
Sin duda, los domingos deben ser el día del Señor; me recuerdan bastante al Cielo...

sábado, 7 de febrero de 2009

Para corazones destrozados

Echando un vistazo a mi discografía, me ha llamado la atención la cantidad de canciones sobre el desamor que clasifico en la sección "mis favoritas". Es curioso. Y más curioso todavía que cuando las pongo (ya sea en el ordenador, en el móvil, en un CD), quien está conmigo me hace los coros con un "¡qué bonitaaaaa!". ¿Será que el desamor, como el amor, es una experiencia universal?

Para los corazones destrozados. Para los que lo tuvieron así o para los que lo tienen en este mismo momento. Para los que rezan por no volverlo a tener. Para quienes se identifican con los que cantan a "un corazón podrido de latir", o "cerrado por derribo", "que se cree siempre feo y culpable", que se hace a sí mismo "promesas que no valen nada" o que etiqueta a sus amores en la "lista de promesas a olvidar"; para quienes antes de salir a la calle, para sentirse menos maltratados, se ponen "maquillaje hasta en el corazón", y añoran lo que "pudo ser y no fue, por ser la vida como es"; y se miran alucinados en el espejo: "no puede ser, no soy yo, ¡me pesa tanto el corazón!"; para corazones que no saben "distinguir lo complicado de lo simple"; que andan "cazando motivos que me hagan creer que aún me encuentro con vida"; para los que, en sus deseos de cosas imposibles, se autoconvencieron que "sería posible que yo, en el peor de los casos, le hiciera una llave de yudo a mi pobre corazón, haciendo que firme llorando esta declaración"... Para todos vosotros y para mí también, una Promesa y una canción:

La Promesa: "El Señor sana los corazones destrozados" (Salmo 146,3).
La canción: "Nada valgo sin tu amor", de Juanes (darle al play).
Y, ¿por qué no?: un beso. Ésos siempre sientan bien.

jueves, 5 de febrero de 2009

La historia de Pepita

Había una vez una mujer, pongamos que se llamaba Pepita.

Pepita vivía sola con su gato. Tenía un trabajo inútil y agotador, pero al menos le daba para pagarse las habichuelas. En sus ratos libres le gustaba leer y hacer punto de cruz. Era una gran aficionada al mercadito de los jueves y al chocolate en todas sus versiones.

Ocurrió que un día Pepita empezó a tener problemas de salud. No eran muy graves, pero sí contínuos. Una gripe aquí, un desmayo allá, una pierna rota, una contractura muscular, alguna operación un pelín más complicada, algo de insomnio... La familia bien, gracias: cada uno en su casa y Dios en la de todos. Los precios subían pero el sueldo no. En un país donde que te concedan una hipoteca era tan poco probable como que te tocara la lotería, encontrar un piso de alquiler decente era una aventura sin fin, con lo que de inestabilidad supone el tema. Pisito con 3 habitaciones, una siempre reservada a las cajas que jamás se desembalan, siempre listas para el siguiente traslado. El trabajo cada día parecía más duro, pese a que siempre hacía lo mismo. Y Pepita, ese día, se dió cuenta. Todo le pesaba. Nada le hacía feliz. Parecía que donde ponía sus sueños todo se desvanecía, que aquello que tocaba dejaba de brillar automáticamente. Se sentía la anti-Midas. Y se preguntó: ¿me habá echado alguien un mal de ojo? ¿en qué momento de mi vida me metí en un agujero negro?.

Pepita, muy cansada ya de todo, quiso buscar alguna solución; porque no dijeran que se rendía sin siquiera intentarlo. Primero fue el Yoga, aunque por horario tuvo que dejarlo pronto. Se apuntó después a un gimnasio, perdió 20 kilos y se echó un noviete. Le duró 6 meses, el tiempo que tardó en querer darse cuenta que estaba siendo utilizada como segundo plato. Desesperada acudió al psicólogo. Al principio el Prozac le ayudaba, pero con el tiempo volvió a sentirse cada vez más vacía, como su cuenta corriente. Y agotada. Y enferma, al menos de melancolía. Su corazón latía de forma extraña, y perdía sangre no sabía bien por dónde. Y los flujos eran cada vez mayores. No se atrevía a hacer nada, a esperar nada, a soñar con nada; pensaba que todo lo noble del mundo sobre lo que ella pusiera sus manos quedaría impuro. Ella misma se sentía impura. Un año tras otro, a Pepita en el barrio acabaron por llamarla "la hemorroísa" (Mc 5, 21-43).

La noticia llegó a sus oídos, como un cotilleo a la cola de la caja de Mercadona. El Hombre que había dicho "Dichosos los pobres"; Aquél que había dado de comer a más de 5000 personas en la ladera del monte; aquel varón joven que hablaba de ovejas perdidas, de hijos pródigos, de pecadores invitados a un banquete... andaba por la ciudad. Y una chispa de esperanza, quizás la última, movió a Pepita a ir a su encuentro. Y todos conocemos el final de la historia. Lo que no entiendo es cómo es posible que sabiéndolo, sigamos dejándonos la fortuna y las fuerzas en remedios inútiles. ¿Hasta cuándo nos tendremos que agotar nosotros solos para empezar a pensar en serio que tal vez sea cierto ese "Sin Mí no podéis" (Jn 15,5)?. Él camina delante de nosotros. ¿Quién tendrá la fe suficiente para acercarse el primero a rozar siquiera su manto?

NOTA: ¡Gracias!

martes, 3 de febrero de 2009

¡Pum, pum, pum!

A lo largo del día una ve y escucha de todo. Hay miradas amables, miradas interesadas, miradas al infinito, miradas perdidas, miradas atentas, miradas inquisidoras, miradas amables...

Lo mismo ocurre con las palabras. Coges el bus de buena mañana, das los buenos días al conductor y recibes a cambio un leve gruñido. Te sientas, y detrás de tí dos señoras ponen a caldo a sus hijos que "son un desastre". Entras en el aula, saludas amablemente, y oyes al fondo un "¡jo, ¿ya estás aquí?!. Y le pides con cariño que se siente. Y mientras tratas de explicar un tema, escuchas montones de palabras, de al menos 4 ó 5 conversaciones distintas que -seguro- no tienen nada que ver con lo que tú estás contando. Y así una detrás de otra.

A veces son las palabras en sí mismas las ofensivas. Otras es el tono con que se dicen.
Yo no sé cómo será mi Hadasita de mayor. Pero ahora le tengo bien enseñado que si no tiene nada bueno que decir, mejor se quede calladita. Que los piropos sinceros se pueden disparar sin ton ni son; pero sólo los piropos sinceros. No quiero que un día se mire al espejo y descubra que en vez de boca tiene una pistola, que en el mejor de los casos hiere.

Y como pienso que se educa mejor con el ejemplo que con las palabras, aprovecho esta entrada para lanzar alguna bala adecuada. Por ejemplo, "gracias", a todos los que me miráis con cariño y me leéis con cierto interés, aunque no digáis nada. "Perdón" por la ingenuidad (que no es sinónimo de sencillez, sino de estupidez). "Por favor", tener paciencia conmigo, que todavía estoy en fase de aprendizaje. Y un enorme "te quiero" a ese grupito de personas que me rodean y que son mi tesoro, donde puedo explayar mi corazón y ser yo misma sin temor a que me disparen por la espalda.

lunes, 2 de febrero de 2009

Gracias

Porque son mil visitas cada 3 días. Y eso me deja tan alucinada que no puedo deciros otra cosa. Gracias, de corazón.

domingo, 1 de febrero de 2009

Color esperanza

Espero ese tiempo, sé que llegará.
Un tiempo en el que los domingos sean una fiesta familiar, y los lunes también.
Donde el trabajo sea una bendición.
Donde el cansancio merezca la pena.
Donde el esfuerzo tenga sentido.
Donde las personas se atrevan a dar, y a recibir.
Donde "gracias", "perdón" y "por favor" sigan estando de moda.

Espero salir de la casa, y que en el camino la gente me pregunte qué tal amanecí.
Ansío los abrazos de los niños en la calle.
Llegará la mañana en que abra los ojos y se me llenen las retinas de color esperanza. Tan intenso, tan lleno de vida.
Y seré testigo del espectáculo. En primera fila. Y gratis.
Allí, donde el aire huele a selva, donde el camino es tierra fecunda,
donde no hay más que lo que hay: gente dispuesta a dar y recibir amor.
Donde nadie chilla. Donde nadie exige. Donde nadie recrimina.
Porque si algo hay, es puro don.

El color esperanza existe. Y sí: es verde. Puro verde. Verde nica.
Me viene a la cabeza una canción de Brotes que se titula "Amén", y dice...
"Espero un día que nunca oscurezca, noches suaves en calma... ¿cuándo será?
Aguardo un sol que abrase las almas, niños que no se entristezcan ya nunca más...

Con ansia espero la primavera, que a mi alma dé vida nueva... ¿llegará?
No pierdo la esperanza de un sol abrasador.

El mundo un grito lanza: ¿adónde fue el amor?".

Nota: quisiera dedicar esta entrada a mis alumnos, especialmente a 4ºB. Espero que no haga falta que os apadrine un niño de ese Edén que es el Tercer Mundo para recordaros qué es lo verdaderamente importante...
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