sábado, 30 de enero de 2016

¡Ten fe!

Digamos que se llama Susana, y que está a 9 habitaciones de donde estoy yo con mi mamá en el hospital. Bajaba a la calle con uno de mis mejores amigos, a quien tengo que presentar por su profesión por estupideces deontológicas que -en momentos vitales como éste- me importan un pimiento. Las palabras no definen nada al lado de un abrazo.

Coincidimos con ella en el ascensor. Y me pregunta por el estado de mi madre. "se está muriendo", le digo. "No hay ya nada que hacer". Susana se rebela. Afirma convencida que los médicos se equivocan, y me pone un par de casos de ejemplo, que no vienen a cuento tanto como su manifiesta intención de animarme. Es efusiva, extraña pero agradable, y su forma de hablar, entre palabras de cariño y palabrotas, me saca una sonrisa. Al despedirse me dice que tenga fe. Que ella es muy creyente, aunque no practica. Que rezará por mi madre. Que seguro que sale de ésta. Le prometo que si es así la buscaré para contárselo. Y se marcha gritando con un entusiasmo inusual en un sitio como el hospital: "¡Ten fe!" varias veces, seguido de una blasfemia de la que ella no es en absoluto consciente.

No sé qué ocurrirá al final. No espero el milagro, la verdad. La situación es demasiado evidente como para hacerlo. Pero sí tomo nota de su "¡Ten fe!". Imposible pasarlo por alto.

Sí, Susana. Hay que tenerla. Porque sólo desde los ojos de la fe puedes ver, en lo que suena a disparate en tu boca, el mensaje de cariño del Buen Dios que aprovecha tu presencia junto a nosotros en el ascensor para sacarme una sonrisa en los momentos más duros. Sólo por eso ya te mereces esta entrada. ¡Gracias bonica! Nos vemos 9 habitaciones arriba o abajo.


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