Dice el Evangelio de hoy (Lc 9, 11b) que Jesús "curaba a los que tenían necesidad de ser curados". Deduzco fácilmente que había otros, pues, que no necesitaban ser curados. Y que no necesariamente no lo necesitaran porque estuvieran sanos. Esto me ha dado mucho que pensar...
¿Habrá "enfermedades" que Dios quiera en nuestra vida? De ser así, el motivo no puede ser otro que un mayor bien que el de la propia curación, ¿cierto?. Pero vaya, eso no es nada fácil de aceptar. Al menos en principio.
Imagino que hay varios tipos de enfermedades, y que no todas traen como desenlace la muerte (otro día a ver si escribo sobre es asombro que me produce el miedo que la gente le tiene a la bendita Hermana Muerte, porque no consigo entenderlo como un mal).
Hay enfermedades físicas: la lista de enfermos de cáncer por la que rezo cada día se lleva la palma, parece ser la que se impone imperiosamente a las demás. Pero la cantidad de dolencias físicas es tan larga que ni los médicos se acaban de aclarar, y a muchas de ellas las declaran "enfermedades raras", que no saben ni por dónde cogerlas. Si pasáis una noche en urgencias, en la sala de espera veréis una muestra muy variada: personas con mascarillas, goteros, tiritonas, contusiones, roturas, vómitos, mareos... Las causas, los médicos las sabrán; o no. Puede que Dios piense que no necesita curarnos de ellas, porque para eso inventó a los especialistas. O porque va a resultar que el dolor sí tiene un valor redentor, aunque nadie se atreva a hablar de ello...
También hay enfermedades mentales. Esas parecen ser más vergonzantes. Pero el hecho es que tanto la ansiedad como la depresión son el pan nuestro de cada día. He leído en algún sitio que el Prozac es el medicamento más utilizado en el mundo después de la Aspirina. Por algo será. Sin quitarles ni un pelín de importancia, y teniendo muy en cuenta que muchas de ellas son endógenas e incluso hereditarias, no puedo evitar preguntarme: ¿cuántas veces la culpa de un mal psicológico no está en la actitud del propio paciente?. La ansiedad, por ejemplo: ¿no hay casos en los que la cura consiste sencillamente en aprender a decir "hasta aquí" o "no"?. Pero eso supone un enfrentamiento, o con quien trata de explotarnos, o contra nosotros mismos y nuestra escala de valores; y los enfrentamientos no son agradables. ¿Necesita una persona así que Dios la cure, o ponerse las pilas y tomar el toro por los cuernos?. Buena pregunta, ¿verdad?. Especialistas para ayudar a discernirlo también los hay, y gracias a Dios algunos muy buenos.
Existen otras enfermedades... esas me preocupan bastante más. Son las espirituales. Me preocupan porque son tan gordas que a veces incluso causan además enfermedades físicas y psicológicas. No en vano el alma es la que alienta al cuerpo. Un cuerpo sin alma es un cuerpo muerto. Hasta ese punto hay dependencia. ¿Qué pasa entonces cuando es el alma la que está enferma?. Si existiese una especie de sala de espera para personas con enfermedades espirituales, ¿qué síntomas podríamos encontrar?. Tal vez tristeza, o falta de esperanza, o cansancio y agobio, o miedo y vergüenza, odio, rencor, egoísmo, falta de dominio propio, de paz... No me cabe la menos duda de que Dios quiere curarnos de estas enfermedades, pues precisamente para ello murió en una Cruz. Pero aceptar su curación supone dejarse en sus manos, confiar en Él, escuchar sus Palabras y dejarle que tome el control. Y ahí está la gran enfermedad del hombre moderno: ¡que no queremos dejar a Dios ser Dios!; ¡que en el fondo no nos creemos que Él sabe más!; ¡que no nos da la gana aceptar que su Voluntad sea lo mejor para nosotros, y nos empeñamos en querer entender y entender y entender!... Y ya nos lo advierten los santos, que no está el asunto en entender sino en amar -sin más, y "por ser Vos quien sois"- su Santísima Voluntad.
Así que Dios de mi alma: si crees que no tengo necesidad de ser curada, no me cures. No te pido la salud: ni la de mi cuerpo, ni la de mi mente, ni siquiera la de mi alma si mis pecados con tu perdón me van a acercar más a Ti. Sólo te pido que no me dejes sola nunca. Y que al final de mis días pueda cantar la mejor de las canciones; en heavy, pop, rock, indie... ¡me da igual!: pero cantar, sí, cantar a pleno pulmón y de todo corazón tu gran Misericordia.
Como decíamos Mick Jagger y yo ayer... más o menos..., "los viejos hábitos tardan en morir". Y este fin de semana, de alguna manera, lo he comprobado. Lo más sorprendente es que ha sido en personas que apenas me pasan de la cintura. Así que esos "viejos hábitos" parecen estar arraigados en nosotros desde bien pequeños.
Fui a tocar la guitarra a dos Primeras Comuniones, una el sábado y otra el domingo. El sábado me encontraba tan mal que no recuerdo ni qué toqué: era como una especie de máquina desplomada contra mi instrumento, raspando las cuerdas automáticamente. Pero cuando llegó el momento se me abrieron los ojos como platos. Me llamó mucho la atención. A las preguntas del sacerdote: "¿renunciáis a Satanás, a sus obras, al mal, al pecado.. etc?", los niños tardaron en contestar lo suyo. Al final, muy poco convencidos y con un hilito de voz, después de haber escuchado la pregunta al menos tres veces, casi por no quedar mal con toda la gente que les estaba mirando, dijeron un "sí, renuncio" bien poco enérgico. En cambio, cuando se les preguntó si creían en Dios, en su Trinidad, en el Espíritu Santo actuando en la Iglesia, en todas esas cosas tan misteriosas y complicadas de entender, su respuesta fue firme y contundente: "¡sí, creo!". Y pensé: anda, es más fácil creer lo imposible que renunciar a lo tangible. Aun así, concedí cabida a la posibilidad de que esos niños no hubiesen ensayado bien la respuesta, o que no supiesen en realidad qué estaban haciendo. Pero cuando el domingo, con otros peques diferentes, volvió a ocurrir exactamente lo mismo, no pude evitar escuchar en mi interior los acordes del comienzo de guitarra de la canción que os puse el otro día...
Creo en un Dios Creador; creo que ese Dios, uno y único, es a la vez tres Personas distintas; creo que en el pan y el vino, tras la transustanciación, están el Cuerpo y la Sangre de Cristo; creo en el Espíritu Santo aunque no entiendo bien ni qué es; creo en la Iglesia y su santidad pese a ser objeto de las más duras críticas sociales... ¡Si, creo!. Pero... ¿renunciar a la mentira, al egoísmo, a la falta de amor, a la tentación fácil, al insulto y las palabras hirientes, a la comodidad, a la pereza, al aparentar, a la búsqueda del placer en sí mismo, a querer ser y tener más que los demás?... Uy, eso ya es otro cantar. ¡Hasta los niños lo saben!. Confirmado: "los viejos hábitos tardan en morir"...
Salí de allí pensando en lo difícil que es ser cristiano hoy en día. Un poco desanimada, la verdad. Pero luego, de repente, unos metros más adelante de la Iglesia, volví a ver esas flores rosa fucsia, como las de la semana pasada. Y pensé en todos regalos pequeños pero continuos que el Buen Dios en quien decimos creer nos hace a diario. Y que en esta tarea de ser seguidores de Cristo no andamos solos: contamos con la mayor de las Gracias. Ésa que hace que en un fin de semana mortífero en el que cuesta hasta tenerse en pié, una se reponga del hábito de la desesperanza, y saque fuerzas de donde no las hay para seguir adelante -contra los viejos hábitos- con una sonrisa como ésta: