sábado, 6 de octubre de 2007

Esa cosa pegajosa

Cuidado con las pequeñas cosas. Las grandes las vemos venir (son bastante más ruidosas). Pero las pequeñas cosas...

Y se te pegan. Porque son pegajosas, ¡vaya que sí! Y no sabes bien cómo quitártelas de encima. No son peligrosas, por supuesto, pero paralizan lo suyo. Lo malo de las pequeñas cosas es que están por todas partes... En cualquier momento puedes pisar una. Lo bueno es que te obligan a vivir más atento.

Aquí un vídeo, dedicado a todos aquellos que se lo curran en las pequeñas cosas, por amor. Y que, de vez en cuando, tropiezan con una bien pegajosa, porque no somos perfectos, ¡ninguno!.

Me lo pongo a mí también, para ayudarme a recordar que... ¡¡¡que un chicle no es un océano!!! (ojito con qué te ahogas, Hadasita...).

Feliz sábado a todos.

viernes, 5 de octubre de 2007

Efectos secundarios

Tengo una amiga fantástica que se llama Chon. El otro día nos tomamos un helado en la horchatería de abajo de casa. Y luego se pidió un bocata. Yo la miré un poco sorprendida. Entonces me contó que venía de confesarse, y que se le había abierto el estómago, que se moría de hambre. Me hizo gracia. Se había quedado tan agusto que había recuperado el apetito a tope. Lo mismo ocurre con el sueño: después de una buena confe ¡se duerme tan bien!. Jose Ramón, un señor de mi parroquia, me contaba esta mañana que él, antes de tener mal la cadera, volvía de confesarse pegando saltos por la calle, bajando las escaleras a brincos. Me pregunto: ¿hasta cuántos efectos secundarios se le puede contar a la confe? Cuando nos enferma el alma, ¿dónde nos duele?: en el cuerpo, por supuesto. Es lógico, pues, que al devolverle la salud, el cuerpo también se reponga. A mí hoy me ha dado por llorar...

jueves, 4 de octubre de 2007

Perfecta alegría


Es un poquito largo, pero creo que merece la pena.
Sacado de las "Florecillas de San Francisco".

Iba una vez San Francisco con el hermano León de Perusa a Santa María de los Ángeles en tiempo de invierno. Sintiéndose atormentado por la intensidad del frío, llamó al hermano León, que caminaba un poco delante, y le habló así:
- ¡Oh hermano León!: aun cuando los hermanos menores dieran en todo el mundo grande ejemplo de santidad y de buena edificación, escribe y toma nota diligentemente que no está en eso la alegría perfecta.
Siguiendo más adelante, le llamó San Francisco segunda vez:
- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor devuelva la vista a los ciegos, enderece a los tullidos, expulse a los demonios, haga oír a los sordos, andar a los cojos, hablar a los mudos y, lo que aún es más, resucite a un muerto de cuatro días, escribe que no está en eso la alegría perfecta.
Caminando luego un poco más, San Francisco gritó con fuerza:
- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor llegara a saber todas las lenguas, y todas las ciencias, y todas las Escrituras, hasta poder profetizar y revelar no sólo las cosas futuras, sino aun los secretos de las conciencias y de las almas, escribe que no es ésa la alegría perfecta.
Yendo un poco más adelante, San Francisco volvió a llamarle fuerte:
- ¡Oh hermano León, ovejuela de Dios!: aunque el hermano menor hablara la lengua de los ángeles, y conociera el curso de las estrellas y las virtudes de las hierbas, y le fueran descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conociera todas las propiedades de las aves y de los peces y de todos los animales, y de los hombres, y de los árboles, y de las piedras, y de las raíces, y de las aguas, escribe que no está en eso la alegría perfecta.
Y, caminando todavía otro poco, San Francisco gritó fuerte:
- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que llegase a convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo, escribe que ésa no es la alegría perfecta.
Así fue continuando por espacio de dos millas. Por fin, el hermano León, lleno de asombro, le preguntó:
- Padre, te pido, de parte de Dios, que me digas en que está la alegría perfecta.
Y San Francisco le respondió:
- Si, cuando lleguemos a Santa María de los Ángeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del lugar y llega malhumorado el portero y grita: «¿Quiénes sois vosotros?» Y nosotros le decimos: «Somos dos de vuestros hermanos». Y él dice: «¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!» Y no nos abre y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche. Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh hermano León!, que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa, entre insultos y golpes, como a indeseables importunos, diciendo: «¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables; id al hospital, porque aquí no hay comida ni hospedaje para vosotros!» Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él más enfurecido dice: «¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido». Y sale fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta.

Y ahora escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está el de vencerse a sí mismo y de sobrellevar gustosamente, por amor de Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades. Porque en todos los demás dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son nuestros, sino de Dios; por eso dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido de Él, ¿por qué te glorías como si lo tuvieras de ti mismo? (1 Cor 4,7). Pero en la cruz de la tribulación y de la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro; por lo cual dice el Apóstol: No me quiero gloriar sino en la cruz de Cristo (Gál 6,14).
A Él sea siempre loor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Pequeñas luces


Llevo rato mirando desde la ventana a mis vecinos. Y estoy bastante impresionada, la verdad. No sé si a vosotros también os ha pasado, o si os habréis fijado...

Hoy he tenido un día de esos de antología, malo a rabiar. Creo que ya me he levantado cansada, y el resto ha sido llover sobre mojado. A veces ocurre. Pero por fín ha llegado la noche. Se agradece un poquito de silencio para variar. Y me preguntaba cómo será la vida de la gente que me rodea. Debe ser agradable también llegar a casa, después de un día agotador, y sentirte acompañado, querido, escuchado. Poder compartir lo bueno y lo menos bueno con la familia. Yo vivo sola, y ese tesoro me lo pierdo, por desgracia.

Partiendo del presupuesto de que un hogar debe ser un espectáculo digno de admirar, he levantado la persiana, y lo que me he encontrado es lo que os dejo en la foto. De muchas de las casas que tengo en frente, la única luz que sale por la ventana es... ¡LA DE LA TELE! (he enmarcado algunas con un circulín rojo).

Y digo yo: si después de un día catastrófico, una persona llega a su hogar, y se encuentra a la familia apoltronada en un silencio mortal delante de la tele... ¿no estaré yo, que vivo sola, más y mejor acompañada? Vale que hoy juega el Valencia; pero yo sé de un Padre que prefiere el canal de la vida real, y que es adicto a las niñerías de su pequeña Hadasita, balbuceando tonterías asomada a una ventana.

martes, 2 de octubre de 2007

Felicidades, Nereo!


Gracias por tu fidelidad.
Por tener tanta paciencia conmigo.
Por los mil tropezones que me has evitado
sin que yo me dé cuenta.
Por pelear siempre a mi favor.
Por defenderme del Bicho Malote.
Por ser tantas veces mi Pepito Grillo.
Por ir un paso por delante de mí, dando luz.
Por tantos pequeños favores.
Por tu cariño. Por tu bondad.
Por susurrarme -de parte de Dios- palabras de amor.
¡No me cansaré de presumir de Custodio! ¡Eres el mejor!

lunes, 1 de octubre de 2007

A destajo


Hoy estrenamos mes. Y con él, las clases por la tarde.
Es lunes, son las 18,00h, ¡¡¡y me parece que ya no puedo más!!!
Desde las 6,30 de la mañana sin parar... el ritmo es bueno ¿o no?.

Esta forma de trabajar tan a lo bestia
me ha hecho recordar algo que leí hace poco:
"Los miembros de la familia de Dios
no trabajamos a sueldo, como los mercenarios.
Trabajamos a destajo: como los buenos hijos".


Estoy contenta. Porque hoy Adrián ha aprendido a distinguir
sustantivos concretos y abstractos, propios y comunes,
¡Y lo ha aprendido conmigo!
¡Yo he sido testigo privilegiado de ese momento!
Pero aunque absolutamente ninguno de mis chavales
hubiese aprendido nada hoy,
mi trabajo ha sido bueno...
si al menos me ha ayudado a hacerme un poquito más buena.
Mientras los hijos de Dios trabajamos a destajo,
Dios se cuida de nosotros en exceso, como los buenos Padres...
¡Ese es su trabajo!

Una de marcianos

Angelito: subo tu vídeo
para que lo vean todos,
porque está muy chulo.
Me ha encantado. ¡Gracias!

Wizard Animation