martes, 10 de diciembre de 2019
Juicio por combate
lunes, 18 de julio de 2016
La paz
martes, 24 de mayo de 2016
¡Felicidades, Hadasita!
sábado, 14 de mayo de 2016
Nadar contracorriente
domingo, 10 de abril de 2016
Estrenando web
La dirección es:
http://hadasita75.wix.com/hadasita
Espero opiniones, sugerencias, críticas constructivas...
domingo, 3 de abril de 2016
Dios es Misericordia
lunes, 25 de enero de 2016
Señor de los Ejércitos
más de 200 veces en el Antiguo Testamento
que la Palabra que proclamaba se cumplía hoy.
domingo, 17 de enero de 2016
Lo que Él os diga
jueves, 17 de noviembre de 2011
Llueve
Llueve hoy, y llovió la semana pasada, y si no recuerdo mal también la anterior.
A Tesa no le gusta nada la lluvia, porque no puede jugar en el parque con los charcos. Bueno... podría, pero luego a casa no sube, y menos al sofá o a la cama. O sea, que no, que no "puede".
A Hadasita sí le gustan los días de lluvia. Le gusta echarse con nosotras en el sofá con la mantita, a ver "Matilda", mientras con su oreja en mi pecho escucha los latidos de mi corazón y con sus manitas diminutas acaricia el pelito suave de Tesita.
A las plantas de mi balcón les gusta la lluvia. El jazmín promete nuevas flores en breve. Estamos esperando ansiosas las tres. ¡Tenemos tantas ganas de primavera este otoño!.
A mí la lluvia me acompaña. Llueve fuera, y a ratos también llueve en mí.
El ruido de la lluvia, como una nana, me acuna y me ayuda a dormir.
Y pienso en la promesa de Dios, en la Palabra cumplida, en la Esperanza cierta y firme...
«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo» (Is 55, 10-11).
domingo, 24 de julio de 2011
Carmen, no peques más
La hipocresía en forma de piedras, de insultos, de escupitajos.
Los “justos” contra los injustos se ceban con el Justo.
Camino de la Cruz, Carmen y Jesús…
Y cae Jesús por vez primera.
Adulterio. Del tipo que sea. Carmen dijo “sí” e hizo no.
Fue pillada, juzgada y sentenciada.
Y la condena la cumple el Señor, sin haber delito en Él.
Castigado sin juicio justo.
Carga Dios con el pecado ajeno…
el de Carmen, el tuyo, el mío.
“Carmen: no peques más…” (Jn 8, 11).
Muere Cristo en el Calvario.
Calla la Tierra dolida.
Lloran ángeles y santos.
Ya ha acabado la agonía.
El griterío ha cesado.
El juicio es piedra caída.
La muchedumbre ha marchado.
La luna gime a escondidas.
Y Carmen viste de fiesta.
¡Volvió la oveja perdida!
Su cuenta ya está saldada,
y la tuya, y la mía.
viernes, 22 de julio de 2011
Supersticiones
En tu mano están mis azares.
Tú eres mi amuleto de la suerte.
Tú, mi día de vino y rosas.
Mi moneda lanzada a la fuente.
La herradura en la puerta de mi casa.
Mi trébol de cuatro hojas.
Mis doce uvas en fin de año.
No toco madera:
me acojo a Ti.
No pido un deseo si pasa una estrella fugaz:
te rezo a Ti.
No cruzo los dedos:
me pongo en tus manos.
Sí, Dios Bueno:
porque en tus manos están mis azares.
Tú, mi número siete.
La ristra de ajos en mi cocina.
La piedra preciosa colgada en mi cuello.
La ranita, el búho, el elefante.
El gato blanco.
La pata de conejo.
Mi billete de la fortuna.
Mi talismán.
Mi horóscopo.
Mi luna llena.
La moneda escondida en un calcetín.
Mi colección de cristales de cuarzo.
Mi cinta roja.
Todo eso me sobra si me encuentro contigo.
La mentira se desvanece en presencia de la Verdad.
No hay curanderos a los que pagar en presencia del Salvador del mundo.
No hay nada que pueda protegerme de tu protección.
¿Quién me separará del amor de mi Dios?
Todo es para bien si así Tú lo quieres.
Sí, Dios Bueno.
En tu mano están mis azares.
En la ruleta de la vida apuesto por tu número.
Lo invierto todo el Ti.
Y que sea lo que Tú quieras.
Tú echarás mis cartas.
Leerás los posos de mi café.
Y todo estará bien.
Tú diseñaste cada línea de mis manos.
Tú me sondeas, me conoces y me amas.
Y todo está bien.
Sólo quiero rozar tu manto.
Sólo escuchar tu Palabra.
Sólo saber que me buscas, que me atiendes,
que entre tanta gente yo tengo tu atención.
Si Tú me miras quedaré limpia.
Si Tú me tocas volveré a nacer.
Si Tú lo quieres te esperaré siempre.
Confiaré siempre, pase lo que pase.
Porque en tu mano están mis “azares” (Salmo 30).
viernes, 8 de julio de 2011
Un Dios que se duerme
¡Podría haberme insistido un poco más!
¡Qué manía con la dichosa libertad!
¡Y anda que no me ha hecho falta!
Mi vida ha sido bastante tormentosa.
Aun ahora me siento bien ahogado.
Pero ha pasado tanto tiempo que me da miedo hablarle;
no se vaya a molestar si le despierto…
Tampoco recuerdo bien ya su nombre. ¿Cómo le llamo?:
¿”Tú, al que el viento y el mar obedecen”?
¡Hasta el viento y el mar…
jueves, 7 de julio de 2011
Amor de los amores
jueves, 23 de junio de 2011
Un Dios que no duerme
La tempestad no se calma. Empapa la tierra el sudor.
Sólo un ángel le acompaña…
Mi Dios no duerme. ¿Quién le acunará?
No hay descanso en su pesadilla.
No hay alivio en la amistad.
Llueven lágrimas desde este Cielo encarnado,
hecho Hombre, hecho pecado.
En esta barca inundada,
entre estas olas que ahogan,
mi Dios no duerme.
jueves, 3 de febrero de 2011
Saliva y tierra
Fue una cura inmediata.
Sí. Abrió los ojos y empezó a verlo todo.
Vio la tierra. Porque era tierra, no calle. Calles no vio ni una. Vio las chabolas, hechas de cartón y uralita, y tierra. Casas tampoco vio. Sólo aquellos paraguas de cartón y uralita sobre la sucia tierra.
“Si quieres agua, aquí el río y allá el mar. Y si no, traga saliva. Puede que algún día alguien se acuerde de esta selva”.
Sus ojos se recuperaban a una velocidad pasmosa.
Igual que su alma.
Cada vez podía ver más detalles.
Vio los árboles, generosos, cargados de frutos dulces: mangos, pitallas, piñas, cocos, y muchos otros de los que no sabía el nombre. Nunca antes había podido ver algo parecido. Tanto fruto en tanta nada. Tierra, sucia pero buena. Tierra que sirve a sus pobres.
“Si quieres comer, sírvete. No hay más de lo que ves. Tampoco menos. Tranquilo: hoy no morirás”.
Junto a los hombres, los chanchos, y las gallinas, y esos perros desnutridos que lamen las heridas de sus amos, tan desnudos como ellos, puros huesos.
Saliva y tierra (Jn 9, 1-25). Y los ojos de Nacho abiertos de par en par.
“Bienvenido a la familia. Aquí el papá, la mamá, el abuelo, la abuela, la hija mayor con el yerno y los 3 nietos, el hijo mayor con la nuera y 4 nietos, la hija mediana con el marido, recién casada, y los dos pequeños, que tampoco van a la escuela, aquí no hay de eso. Contigo ya estamos todos”. Y sonríen. Y es una sonrisa sincera.
A Nacho le lloran los ojos. De pura salud.
Su corazón palpita como nunca. ¡Se siente vivo como nunca!
Cuando leyó el anuncio no podía acabar de creerlo: “Se devuelve la vista a los ciegos; tratamiento intensivo mínimo de dos semanas, con auténticos profesionales del Tercer Mundo”.
Y ahí estaba ahora. Viendo.
Viendo a los hombres ser hombres, vestidos de decencia y dignidad. Sin nada detrás de lo que poder esconderse. Viendo a las familias ser familias, amplias, acogedoras. Sin cuatro paredes que pudieran protegerlas, ni tampoco aislarlas. Viviendo de la fe. La fe que promete que Dios no se olvida de sus hijos, que Dios camina con su Pueblo, que Dios habita entre nosotros. La fe que mueve montañas, tan grandes como el corazón de Nacho.
Algún día, en esa selva, habrá un buen pozo; él se encargará de ello. Mientras, Nacho aprovecha la vida jugando con aquellos niños, a ver quién lanza la piedra más lejos. El eco de las risas llega hasta el cielo. Y Nacho, conmovido, reza…
“Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador” (Lc 2, 29-30).
miércoles, 2 de febrero de 2011
Pablo quiere ver a Dios
Pablo quiere ver a Dios.Quiere. Pero no puede. Algo falla.
Dicen que Dios está dentro de cada uno, que habita en el corazón del hombre. Pablo se mira en el espejo y sólo ve la imagen que ha creado de sí mismo: un tipo joven, deportista, divertido, listo, guapo… y mentiroso, seductor, aprovechado, manipulador…
Pablo quiere ver a Dios y no puede. Dicen que Dios está en el prójimo. Pablo sale a buscarlo, y de camino se pierde en el prójimo. Se pierde entre las faldas de Marta, en el escote de Ana, en la boca de María… Sale buscando amor. Y regresa satisfecho de sucedáneos.
Pablo quiere ver a Dios, pero algo falla. Dicen que Dios está en la Iglesia. Y a la iglesia va, cada semana: y es catequista, y canta en el coro, y hasta es colega del cura. Porque de verdad que Pablo quiere ver a Dios. Pero no puede. Y se va a cenar con los amigos, y les cuenta con detalle lo de Marta, y lo de Ana, y lo de María… y se ríen a carcajadas. Y de postre, unas copas, y si se presta algo más denso. Recoge a su novia, que nada sabe de nada, y se la lleva en el coche a algún lugar apartado donde hacerle el favor que la deje contenta. De vuelta a casa va pensando a dónde va a mandar a su madre si le pregunta de dónde viene, que ya no es ningún niño. Se encierra en su cuarto y se tira en la cama. Envía un SMS indecente al móvil a Marta, y a Ana, y a María. Y mientras ve en la tele un debate rosa sobre la Iglesia se pregunta por qué la criticarán tanto, con lo fácil que es en realidad ser cristiano hoy en día: si eso del pecado ya no existe, que se lo dijo su colega el cura no sé cuándo. Y se duerme. Por supuesto sin ver a Dios.
Porque Pablo quiere ver a Dios. Pero quiere y no quiere.
Y mientras enturbia su vida de impureza, Dios mismo en persona susurra en su alma la Verdad: “Los limpios de corazón verán a Dios” (Mt 5,8).
lunes, 31 de enero de 2011
Ciegos de nacimiento
Eso es: no queremos que vea.
Ni cosas bonitas, ni cosas feas. Nada.
No es bueno que un niño vea.
A nosotros nos educaron en la luz,
y hemos tenido que ver cosas terribles…
Hemos visto arrugas en la frente del abuelo.
Hemos visto muerte, enfermedad, violencia.
Hemos visto gente pidiendo en la calle.
Nos hemos enamorado de una sonrisa.
Nos ha tentado la belleza.
Y ese conocimiento, ese amor, esa compasión, nos han hecho sufrir mucho. Sufrimiento inútil. Al final, la vida nos ha enseñado a ocuparnos de nosotros mismos, que es lo único importante.
No es bueno que un niño vea. Mejor esperar a que sea mayor, y que él mismo decida si quiere o no abrir sus ojos.
¿Cuánto mal habré hecho yo por poder ver?
Si no hubiese visto la injusticia, mi silencio no me habría hecho su cómplice. Si no hubiese visto el dolor, mi pasotismo no me habría secado el corazón. Si no hubiese visto la hermosura, mi hedonismo no me habría esclavizado. Si no hubiese visto la paz en el rostro del que sueña, ¡cuánta envidia no habría sentido!
No, definitivamente no queremos que nuestro hijo vea.
Que nadie le hable del sol, ni de la luz, de las estrellas, del rojo del rubor del amor, de la transparencia de las lágrimas, de los colores de la piel, de las miradas que hablan.
Queremos que se lo pierda.
Lo encerraremos en casa. Entre nuestras cuatro paredes y nuestra oscura visión de todo. Porque así será más libre. Y más feliz. Ya lo dice el refrán: “Ojos que no ven…”.
sábado, 29 de enero de 2011
Paula sembrando amor
Se llama Paula. Tiene 32 años, es soltera, licenciada en filología clásica, y da clases de lengua castellana en un colegio a grupos de primaria y secundaria.No sé si he empezado bien. Porque a Paula le da mucha rabia que se diga “es soltera” como parte importante de la presentación de una persona. Como si se llegara tarde al amor, o fuera deficiente o defectuosa por no estar casada. Como si sólo en pareja se pudiera amar. Como si servir a todos no contara… Yo tengo que darle toda la razón. Porque yo no sé si Paula se casará algún día; lo que sí sé es que ninguno de los que la conocemos podemos decir que, hoy por hoy, no ama con toda la intensidad. Me atrevería a decir que puede que hasta más que si estuviera casada…
Paula es una mujer joven, alegre, inteligente, cariñosa, a veces un poco impulsiva, apasionada, muy divertida. Es bonita, es trabajadora, es atenta, muy buena amiga, y no he probado pechugas de pollo rebozadas más ricas que las que ella prepara.
Se levanta temprano. Desayuna, se ducha, y repasa las clases que le tocan ese día. Toma su cartera, saluda al gatito del vecino en el rellano, da los buenos días a la señora María en el ascensor que sale a comprar el pan, y espera el autobús oyendo música en su MP4. A la entrada del colegio, todos los alumnos que la ven llegar, uno a uno, la saludan: “¡Paula!”, “¡Paula!”, fumándose un pitillo sentados en el escalón de algún patio de la acera de enfrente. Y ella les contesta, uno a uno, con su mejor sonrisa.
Entra en el centro y saluda a Conchita, la portera, toda una institución. Ahí está, con el teléfono en una mano, tres alumnos gritones que le piden no sé qué, y una madre nerviosa porque su hija salió de casa sin la carpeta, y o se la da ya o va a llegar tarde al trabajo. Conchita resopla, y Paula le manda un beso al aire y le guiña el ojo. Todo está controlado.
Primera clase. No hay ganas. Les cuesta sentarse y abrir el libro casi 10 minutos. Paula no deja de sonreír. “Os he preparado una ficha de oraciones subordinadas adjetivas; vais a ver como ahora sí entendéis bien lo que os expliqué ayer. ¡Venga, chicos, que es más fácil de lo que parece!. ¿Sacamos un lápiz, sí?”. Unos hacen las frases. Otros no. La mayoría pierden la hoja mucho antes del examen. Segunda hora, más de lo mismo. Y tercera, y cuarta, y quinta…
Hasta aquí. Podría hablaros de la Paula que da clases particulares gratis dos tardes por semana a un alumno que lleva mucho retraso y tiene a sus padres en paro. O de la que se lleva a Pepe al cine cuando lo ve más deprimido de lo normal, “para que se despeje” dice ella. De la Paula que no se olvida de ningún cumpleaños… ni de llamarnos a todos para que ninguno nos olvidemos ningún cumpleaños. De la que ahorra todo el año para pasar el verano en Nicaragua, haciendo lo que mejor sabe hacer: sembrar amor. Y esa siembra suya es fecunda. Porque Paula dice muchas cosas y muy bien dichas con su vida.
Sí: nuestra Paula es Evangelio, Buena Noticia en el cole, en la calle, en el bar, en el mercado, en este y en el otro lado del Charco. Es semilla de Dios, porque Dios es Amor.
Yo la admiro. Aunque ella jamás ha dado ni la más mínima importancia a nada, y cambia rápidamente de tema cuando se le hace algún tipo de reconocimiento. Ella siembra amor, sin mirar la tierra. A puñados. Sin ponerse límites. Y si le pregunto si merece la pena, si no se cansa nunca, si no siente a veces que lo desperdicia, se subleva y se pone roja; y con fuerza pero sin perder la sonrisa, me contesta: “¡el amor siempre merece la pena! ¡Siempre! ¿Voy a tener que prepararte una ficha para que lo entiendas?”.
Y se ríe.
viernes, 28 de enero de 2011
El Sembrador (I)
Salió el sacerdote al ambón... a proclamar la Palabra de Dios.PD: basado en hechos 100% reales.
domingo, 12 de diciembre de 2010
Detrás de la montaña
El profeta abre el balcón, se asoma a la calle y grita con todas sus fuerzas: "¡¡¡Preparad el camino al Señor!!!" (Lc 3,4). Y por más altos que pongamos los villancicos, siempre habrá alguien que escuche, como en un sueño, su eco. Alguien que mire hacia arriba, buscando de dónde viene esa voz. Es un ejercicio peligroso: si buscas puedes encontrar cosas. Cuentan por ahí las abuelas que unos Magos, de tanto mirar, dieron con una estrella, y tuvieron que emprender un viaje inesperado que les cambió la vida para siempre.Yo me asomo a mi ventana y veo... la ventana del edificio de enfrente. Detrás de ese edificio sé que hay otro, y detrás otro, y otro más... lo que no sé es hasta cuántos. Pero sí sé que en algún momento las luces cesan, los ruidos también, la gente desaparece, y los edificios, y queda la montaña. Una austera, alta y poco prometedora montaña que no me deja ver lo que hay detrás. Y que, con el frío y la noche, no me apetece nada subir.
Sé que esa montaña existe. Aunque no tenga nombre propio. Aunque no aparezca en los mapas. Es mía, en exclusividad. Tengo experiencia bien concreta de ella. El eco del profeta muere a sus pies. Miro hacia arriba y no veo más que metros de tierra, mi tierra. Debe haber treinta y tantos, al menos uno por cada año vivido hasta aquí. Y están compuestos por un sinfín de "me acuerdo de", "cómo me duele que", "yo ya no merezco que", "no puedo olvidar que", "siento que a mí no", "y por qué a mí", "es que yo sola no", "a estas alturas ya no", "la realidad es la que es"... y por un "que sea lo que Dios quiera" que suena más a rendición que a abandono confiado.
Mi Dios quiere vivir mi vida conmigo. Y una enorme montaña de sentimientos oscuros almacenados adviento tras adviento se ha levantado en medio, demasiado indiscreta como para ignorarla más. Abro los ojos, y desde algún balcón no muy lejano el profeta grita: "Que se abajen los montes... Y todos verán la salvación de Dios" (Lc 3, 5-6). ¿Cuántas veces detrás de la montaña está la aurora?...
"Si tuvieras fe como un granito de mostaza le dirías a esa montaña: quítate de aquí... Y lo haría" (Mt 17,20). Y sería Navidad.








