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martes, 10 de diciembre de 2019

Juicio por combate

Los que hemos seguido Juego de Tronos hemos disfrutado viendo varios juicios por combate. Pero en realidad no es un invento de la serie: existieron de verdad, sobre todo entre los pueblos germánicos, y se mantuvieron en uso durante toda la Edad Media, desapareciendo a lo largo del siglo XVI.

Estas luchas a muerte tenían lugar para solucionar aquellos conflictos en los que la acusación no contaba con testigos y no había logrado que el acusado confesase. En estos casos, si se solicitaba juicio por combate, ambas partes luchaban a espada y el ganador era proclamado poseedor de la verdad.

Pero la mayoría de las veces, el combate no lo realizaban ellos mismos, sino alguien nombrado para representarles. Así, el acusado podía solicitar que otra persona más fuerte que él luchara en su nombre . Podía ser un amigo, un familiar, o alguien a quien pudiera pagar para ello. Por su parte, las casas nobles solían tener contratados los servicios de algún guerrero a quien se encomendaba estos asuntos; en ocasiones incluso utilizaban a presos, a quienes se les prometía la libertad en caso de ganar un determinado número de juicios por combate.

En realidad eran luchas bastante injustas, pues el acusado normalmente no tenía medios para buscar a alguien que luchara por él y que estuviera a la misma altura de su contrincante. Quien tenía más dinero podía elegir al mejor luchador. Y así, el pobre, el humilde, perdía inevitablemente.

Está claro que para entender este tipo de costumbres hay que situarse en la mentalidad de la época. Pero hay una idea de fondo que me parece útil para explicar algo que es a la vez más antiguo y más nuevo todavía: la Redención del hombre. Con las siguientes salvedades, por supuesto.

- Que en nuestro caso, sí hay testigos, sí hay confesión, y sí somos culpables.
- Que quien luchó por nosotros, no lo hizo por honores ni por dinero, sino por amor.
- Que nuestro Guerrero ganó muriendo.
- Que es tanta su fuerza, por ser Dios, que con su lucha dio muerte a la muerte misma.
- Que tras aquella victoria, ya no existe nada en el mundo capaz de vencernos, si permanecemos unidos a Él.

Dice Rom 8, 31-37: "Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?. El que no perdonó a su propio Hijo, antes lo entregó para todos nosotros, ¿cómo no nos ha de dar con Él todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Siendo Dios quien justifica, ¿quién condenará? Cristo Jesús, el que murió, aún más, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, es quien intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Según está escrito: `Por tu causa somos entregados a la muerte todo el día, somos mirados como ovejas destinadas al matadero´. Mas en todas estas cosas vencemos fácilmente por Aquél que nos amó".

Es cierto que la vida nos sigue trayendo cada día muchos problemas y dificultades.
Y que nosotros seguimos pecando, que parece que no aprendemos nunca.
Pero yo, para mí, hoy vuelvo a solicitar juicio por combate.
Me agarro a Aquél que es mi Escudo, mi Fuerza, mi Baluarte.
Y me quedo en paz, porque sé en manos de Quién he puesto mi vida.

lunes, 18 de julio de 2016

La paz

Ese bien que tanto anhelamos. "Busca la paz y corre tras ella" (Sal 34,15).

He estado dando vueltas a cosas que pensaba que me producían paz: como acariciar a mi Tesa, escuchar buena música, poder dormir 7 horas seguidas... Pero en realidad no es paz lo que consigo con esto, sino tranquilidad. Y la tranquilidad es muchísimo más efímera que la paz. Así que he seguido investigando el tema, y me ha saltado en la oración la Palabra con este versículo de Isaías: "Señor, Tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas Tú" (Is 26,12). Y ahí sí, ahí creo haber encontrado la clave...

Pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, más allá de nuestros proyectos personales y nuestras expectativas sobre ellos, al final -por caminos más rectos o más torcidos- la Providencia hace de las suyas, y nos ayuda a sacar adelante aquello que más nos conviene. Si creemos de verdad que solos no podemos nada, que toda nuestra fortaleza es prestada, que Dios es especialista en sacar de los males bienes, y que nuestras empresas están en manos de su Santísima Voluntad, ¿no acaba ahí la búsqueda de la paz? ¿no es eso todo lo que necesito saber para estar segura de que todo va bien?. 

Por encima de mis buenas intenciones, más o menos acertadas; más allá de los movimientos en el tablero de mi vida de quienes sé que no están interesados en mi bien personal; si sé que la norma de lo que va siendo no es una norma fija, puesto que no hay leyes ni pasados ni experiencias que Dios no pueda cambiar a su antojo como le dé la realísima gana y en cualquier momento... ¿de qué temeré? ¿por qué me impaciento? ¿qué puede quitarme el sueño? ¿qué puede darme más paz?. 

Hace dos días agarré la tijera y me hice un desastre en el pelo, motivada por el exceso de calor, de esos que hacen historia. Me miro al espejo y me muero de risa (hace pocos años me habría puesto a llorar, y habría salido corriendo a comprarme un sombrero que cubriera el destrozo catastrófico que me he hecho yo solita, jajaja). Y hoy pienso: quiera yo o no, no hay nada que pueda hacer para evitar que mi pelo vuelva a crecer, incluso mientras duermo, sin prisas pero sin pausa. Dios me va a arreglar los trasquilones en cuestión de días. Y si algo tan intrascendente como unos pelos cuenta con Él detrás, ¿quién (aquí va un taco) va a poder convencerme de que las cosas realmente importantes de la vida no tienen al Señor de su parte para salir adelante?. 

Tú nos darás la paz, sí, porque todas nuestras empresas nos las realizas Tú; las que no salen, o no merecían tanto la pena o no eran para bien; las que tienen que salir, lo hacen aunque Tú tengas que meter mano y enderezar lo que nosotros andamos torciendo con nuestra torpeza pese a las buenas intenciones; y lo que ni imaginamos, que es lo mejor de todo por ser Plan Tuyo sin más, no sólo nos dará la paz, sino una alegría que nada podrá superar. Así que amén, amén y amén. Y en paz.

martes, 24 de mayo de 2016

¡Felicidades, Hadasita!

Felicidades, mi niña.
Hoy es un día bonito.
Hoy, el Pueblo de Dios, celebra a tu santa:
Hadassah de Susa, reina de Persia.
Una mujer valiente, como serás tú algún día.
Tómala de modelo, de patrona.
Por su fe inquebrantable.
Por su amor a su gente.
Por su paso adelante en el momento más crítico.
Por su apuesta por la verdad.
Por su penitencia y su oración.
Por su generosidad acogiendo la llamada de Dios.
Por decir que sí en ella a Su Voluntad.
Por creer en la Misericordia del Rey por encima de todo.
Cógete fuerte de su mano, Hadasita.
Ester te enseñará el camino de tu vida.
Sólo el Buen Dios sabe para qué te está preparando, mi niña.
Ojalá algún día te mire al corazón
y te encuentre, de entre todas, la más bonita.

sábado, 14 de mayo de 2016

Nadar contracorriente


Cuando de niña vi por primera vez "El club de los poetas muertos" sentí que algo muy fuerte se removía en lo más profundo de mí. Compré el libro, el VHS, la banda sonora en vinilo... y empecé a leer a Walt Whitam, Robert Frost, Pedro Salinas, Luis Cernuda y Juan de la Cruz, Me levantaba por las noches, cuanto toda mi familia dormía: ponía una manta en el suelo, encendía una velita. Y me tumbaba allí a leer y a escribir; y sobre todo a pensar, a rumiar versos, a buscar en mi interior sentimientos comunes con lo que leía. Fue una época muy intensa y bonita, la verdad.

Con los años volví a ver la película y no me gustó nada. Me pareció que el mensaje de fondo que transmitía era del todo insuficiente. No me convencía el "Carpe diem" si lo que significaba era "aprovecha el momento, porque en breve estarás criando malvas". Es cierto que el tiempo que tenemos en esta vida es limitado y se acaba, y que hay que aprovecharlo de todo corazón; pero me niego a aceptar que lo que podamos hacer ahora sea todo, que ahí acabe la vida sin más, que lo único que pueda permanecer vivo después de dejar de respirar sea, a lo sumo, un buen poema. La falta de trascendencia me reventó la trama.

Sigue pasando el tiempo. Y ahora me descubro conviviendo a la vez con la primera y la segunda sensación que dejó en mi el film las dos veces anteriores. Encuentro cosas criticables, y a la vez otras muy aprovechables. Si hubiese seguido sin más mi primera intuición y hubiese luchado por mis sueños sin límites, como si no hubiese un mañana, tal vez ahora sería la escritora que siempre he deseado ser... o no, y habría acabado como Neil Perry pero sin pistola. Si, en cambio, me hubiese encerrado en la segunda idea sin querer dar importancia a lo efímero del hoy, quizás sería una feliz carmelita descalza, escribiendo sólo para Dios en lo escondido de una celda, poemas que sólo Él leería y que probablemente quemaría en mis últimos días para mantenerlos en la intimidad de mi oración. Pero, en la búsqueda de mi propio camino, he dado con otros intermedios...

El "Carpe diem", sin duda, se parece demasiado a mi "Ahora", mi "Ya" y mi "Ahí". He encontrado en el presente un filón que en nada es incompatible con mi futuro. Es más: creo que es un ejercicio de preparación para esa Vida que me espera, que será puro ahora sin límites. Si entonces mis días ya no serán días sino una sucesión de momentos presentes sin fin que vivir plenamente, ¿por qué no empezar a entender mi tiempo así ya?. ¿Por qué esperar que las editoriales salgan de su pánico a las pérdidas en tiempos de crisis para ponerme a escribir libros, se publiquen o no? ¿No se han inventado acaso todavía los blogs para estas cosas?. ¿Por qué olvidar mis sueños y no volver a lo que no acabé? ¿Por qué no hacer de cada palabra un homenaje a Dios, que me espera más allá de último aliento, en una Vida en la Palabra que fundamenta todas las que voy aprendiendo conforme me acerco a Él?. Aprovecha el momento, sí, pero no porque se acabe; vive el momento presente a tope, porque esa es la manera más bonita de vivir, puesto que es la que eligió Dios para el Cielo. 

Me salgo de la fila, del paso marcado por quienes viven del pánico a perderse en el camino y no tener ya tiempo de volverse a encontrar, y sigo avanzando, a mi propio ritmo. Ahora. El profesor Keating lo llamaba "nadar contracorriente". "mantener las propias convicciones frente a los demás". Quizás sólo me entiendan 3 ó 4 personas en este extraño planeta, y el resto me miren como si estuviese un poco loca; es más que probable. Pero ¿qué importa?: cada caminante siga su camino.

domingo, 10 de abril de 2016

Estrenando web

Aunque todavía estoy en construcción, ya podéis acceder a la web de Hadasita.
La dirección es:
http://hadasita75.wix.com/hadasita
Espero opiniones, sugerencias, críticas constructivas...

domingo, 3 de abril de 2016

Dios es Misericordia

Cuando era niña aprendí aquella canción que decía: "Dios es Amor, la Biblia lo dice. Dios es Amor, San Pablo lo repite...". Bonita, y útil. Gracias a ella recuerdo perfectamente que la definición de Dios como Amor está en el capítulo 4, versículo 8, primera de Juan. 

Pasan los años, y las experiencias hacen que a la palabra "amor" le añadamos connotaciones diversas, y que al final nos cueste reconocer a Dios en esa definición; porque en el fondo sabemos que Él es mucho más que lo que hasta ahora hemos experimentado en los amores humanos, tan efímeros e insustanciales a veces.

Y llega un momento en la vida de la Iglesia que el Espíritu sopla y remueve las cosas. Y sin cambiar en absoluto la verdad de la esencia de Dios como Amor, le añade un adjetivo calificativo muy revelador: "Misericordioso". Ya no es cualquier tipo de amor: Dios es Amor Misericordioso. Nuestro Dios es el Dios de la Misericordia. No es una novedad, sino un recuerdo. Si leyésemos más los Evangelios recordaríamos que Lucas tiene su capítulo 15 dedicado a las parábolas de la Misericordia. Pero los católicos, bien cabezotas e inconscientes, tenemos la Biblia de adorno cogiendo polvo en nuestras estanterías. Algo sí deberíamos aprender de nuestros hermanos protestantes...

Como Dios es Amor y conoce nuestra masa, inspiró a Faustina Kowalska todo un tratado sobre su Misericordia. Y parece que sí, que el Diario de Faustina sí lo hemos leído más últimamente. Sobre todo desde que San Juan Pablo II declaró el segundo domingo de Pascua como fiesta de la Divina Misericordia. Sin dejar de recomendar fervorosamente la lectura de este diario, vuelvo al principio, a la Palabra y a la infancia. Y por expresa petición de Hadasita, para felicitaros la fiesta de hoy, os cuelgo esta parábola en lugar de algunos preciosos textos conmovedores que tienen Teresa de Jesús, Fray Luis de Granada, o la propia Faustina sobre la Misericordia de Dios, que podréis encontrar fácilmente en internet. Queridos niños que me leéis, también los niños adultos: el Amor Misericordioso de Dios es así:

lunes, 25 de enero de 2016

Señor de los Ejércitos

El Dios de los Ejércitos no ha caducado.
Después de ser nombrado así
más de 200 veces en el Antiguo Testamento
no se dio de baja con el Nuevo.
Él sigue encabezando nuestras batallas,
y su Justicia no se hará esperar mucho más.

Jesús decía, en el Evangelio de ayer,
que la Palabra que proclamaba se cumplía hoy.
Y la Palabra en concreto era ésta:

(Isaías 61, 1-3).

Ese día de venganza para nuestro Dios,
en el que serán consolados todos los que están de duelo,
es un día de Misericordia que anhelo con toda el alma.

Mi Dios no se quedará callado indefinidamente.
Abatirá a mis enemigos, los que luchan contra mí, 
fuera o dentro de mí misma.
Y cambiará mi abatimiento por un canto de alabanza.
¡Que tiemble quien me hace temblar!
¡Que llore quien me arranca estas lágrimas!
Hoy resuena con fuerza en lo más hondo de mi corazón:


El Señor de los Ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar -sigue siendo hoy- el Dios de Jacob.
(Salmo 46,7)

domingo, 17 de enero de 2016

Lo que Él os diga


María sigue siendo un misterio para mí.
Probablemente por la imagen tan terriblemente distorsionada 
que de ella nos ha ofrecido siempre la devoción popular.
Siempre me he sentido más cerca de José que de María.
Sin embargo... ¿cómo ignorar si "Haced lo que Él os diga"?.
Quien nos señala al Señor no puede más que hacernos bien.

Dice la segunda lectura de la Misa de hoy 
que Dios reparte diversidad de dones para el bien común.
¿Qué es entonces eso que debemos hacer, 
eso que el Señor nos dice que hagamos?
En Caná, los sirvientes  atender a los comensales.
En María, interceder por nosotros.
En mí, quizás sólo de momento pedir la luz para saber
cuál es el carisma que Dios me ha regalado para vuestro bien.
Y confiar en que María no me fallará con su ayuda.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Llueve

Llueve casi todas las semanas.
Llueve hoy, y llovió la semana pasada, y si no recuerdo mal también la anterior.
A Tesa no le gusta nada la lluvia, porque no puede jugar en el parque con los charcos. Bueno... podría, pero luego a casa no sube, y menos al sofá o a la cama. O sea, que no, que no "puede".
A Hadasita sí le gustan los días de lluvia. Le gusta echarse con nosotras en el sofá con la mantita, a ver "Matilda", mientras con su oreja en mi pecho escucha los latidos de mi corazón y con sus manitas diminutas acaricia el pelito suave de Tesita.
A las plantas de mi balcón les gusta la lluvia. El jazmín promete nuevas flores en breve. Estamos esperando ansiosas las tres. ¡Tenemos tantas ganas de primavera este otoño!.

A mí la lluvia me acompaña. Llueve fuera, y a ratos también llueve en mí.
El ruido de la lluvia, como una nana, me acuna y me ayuda a dormir.
Y pienso en la promesa de Dios, en la Palabra cumplida, en la Esperanza cierta y firme...
«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo» (Is 55, 10-11).


domingo, 24 de julio de 2011

Carmen, no peques más

El griterío de la gente, la desaprobación, el juicio humano…
La hipocresía en forma de piedras, de insultos, de escupitajos.
Los “justos” contra los injustos se ceban con el Justo.
Camino de la Cruz, Carmen y Jesús…

Y cae Jesús por vez primera.
Adulterio. Del tipo que sea. Carmen dijo “sí” e hizo no.
Fue pillada, juzgada y sentenciada.
Y la condena la cumple el Señor, sin haber delito en Él.
Castigado sin juicio justo.
Carga Dios con el pecado ajeno…
el de Carmen, el tuyo, el mío.
“Carmen: no peques más…” (Jn 8, 11).

Y Carmen se levanta. Y con ella Jesús.
La gente sigue gritando, cada vez más fuerte.
Sus palabras son claramente groseras.
Sus burlas, casi diabólicas.
El peso de la cruz crece.

Y cae Jesús por vez segunda.
Egoísmo. Del tipo que sea. Carmen dijo “tú” pero hizo yo.
Y nadie quiere perdonarla.
Nadie, salvo el Señor.
A derecha e izquierda, gente cargando piedras.
Sus gritos, aullidos de lobo hambriento.
Y en medio del Vía Crucis, ella, su pecado y Dios.
“Carmen: no peques más…”

Y Carmen se levanta. Y con ella Jesús.
Ambos agotados. Ambos destrozados.
Desollados por el pecado: el propio y el ajeno.
Mira el Señor compasivo a la gente del camino.
Y la cruz le va hundiendo de tanto peso asumido.

Cae Jesús por vez tercera.
Idolatría. Del tipo que sea. Dijo “Dios” y fue herejía.
Quiso vivir a lo grande - ¡como Dios!- pero sin Dios.
Oropel en vez de oro. Copo de nieve, no perla.
Saco roto, cisterna agrietada.
Carmen, ardor febril: pecado, caída, miseria.
Cristo, Amor sin fin: los clavos, la sangre, madera.


Muere Cristo en el Calvario.
Calla la Tierra dolida.
Lloran ángeles y santos.
Ya ha acabado la agonía.

El griterío ha cesado.
El juicio es piedra caída.
La muchedumbre ha marchado.
La luna gime a escondidas.

Y Carmen viste de fiesta.
¡Volvió la oveja perdida!
Su cuenta ya está saldada,
y la tuya, y la mía.

A precio de Sangre ajena
llega el perdón y la Vida.
Jesús, los brazos abiertos.
Mentira y muerte vencidas.

Con la sangre del Costado
Carmen limpia sus heridas.
“Yo tampoco te condeno:
no peques más, niña mía”.

Y en el banquete de bodas
la Mesa ya está servida.
La cuenta la pagó el Novio:
la novia está redimida.

viernes, 22 de julio de 2011

Supersticiones

Señor, Dios Bueno:
En tu mano están mis azares.

Tú eres mi amuleto de la suerte.
Tú, mi día de vino y rosas.
Mi moneda lanzada a la fuente.
La herradura en la puerta de mi casa.
Mi trébol de cuatro hojas.
Mis doce uvas en fin de año.

No toco madera:
me acojo a Ti.
No pido un deseo si pasa una estrella fugaz:
te rezo a Ti.
No cruzo los dedos:
me pongo en tus manos.
Sí, Dios Bueno:
porque en tus manos están mis azares.

Tú, mi número siete.
La ristra de ajos en mi cocina.
La piedra preciosa colgada en mi cuello.
La ranita, el búho, el elefante.
El gato blanco.
La pata de conejo.
Mi billete de la fortuna.
Mi talismán.
Mi horóscopo.
Mi luna llena.
La moneda escondida en un calcetín.
Mi colección de cristales de cuarzo.
Mi cinta roja.

Todo eso me sobra si me encuentro contigo.
La mentira se desvanece en presencia de la Verdad.
No hay curanderos a los que pagar en presencia del Salvador del mundo.
No hay nada que pueda protegerme de tu protección.
¿Quién me separará del amor de mi Dios?
Todo es para bien si así Tú lo quieres.
Sí, Dios Bueno.
En tu mano están mis azares.
En la ruleta de la vida apuesto por tu número.
Lo invierto todo el Ti.
Y que sea lo que Tú quieras.

Tú echarás mis cartas.
Leerás los posos de mi café.
Y todo estará bien.

Tú diseñaste cada línea de mis manos.
Tú me sondeas, me conoces y me amas.
Y todo está bien.

Sólo quiero rozar tu manto.
Sólo escuchar tu Palabra.
Sólo saber que me buscas, que me atiendes,
que entre tanta gente yo tengo tu atención.

Si Tú me miras quedaré limpia.
Si Tú me tocas volveré a nacer.
Si Tú lo quieres te esperaré siempre.
Confiaré siempre, pase lo que pase.
Porque en tu mano están mis “azares” (Salmo 30).

viernes, 8 de julio de 2011

Un Dios que se duerme

Se me ha dormido Dios.
Creo que hace ya mucho tiempo.
Para mí que ha sido de puro aburrimiento.
Estaría agotado de tanto no poder hacer nada en mí.
Esperando que yo le diera paso, le abriera puerta,
le cediera turno. Sin poder mover ficha sin mí…

Pero es que he estado bastante ocupado últimamente.
Al menos los últimos 25 años.
Entre los estudios, los amigos, los amores, el trabajo, el matrimonio, el piso, el coche, más trabajo, los niños, los préstamos, las crisis, las discusiones, más trabajo, la muerte de mi padre, la enfermedad de la suegra, mi separación, mi divorcio, la casa nueva, más trabajo, mi novia con mis hijos, los amigos, la bebida, y alguna que otra cosa más, apenas he tenido un segundo para acordarme que tenía a Dios en “llamada en espera”. Y claro, se me ha dormido.

¡En el fondo es culpa suya!.
¡Podría haberme insistido un poco más!
¡Qué manía con la dichosa libertad!
¡Y anda que no me ha hecho falta!
Mi vida ha sido bastante tormentosa.
Aun ahora me siento bien ahogado.
Pero ha pasado tanto tiempo que me da miedo hablarle;
no se vaya a molestar si le despierto…
Tampoco recuerdo bien ya su nombre. ¿Cómo le llamo?:
¿”Tú, al que el viento y el mar obedecen”?

¡Hasta el viento y el mar…
y a mí se me ha dormido!

jueves, 7 de julio de 2011

Amor de los amores

Sé que este amor es Amor porque me sacia.
Porque me levantaré mañana como hoy,
sin desear encontrar otro mejor.
Porque éste, cada día es nuevo.
Porque en éste, ahora vivo en paz.

Sé que este amor es Amor porque, siendo exclusivo,
no resulta posesivo. Porque me abre a otros amores,
se traduce en ellos, y me llega por ellos.
Todo amor bueno queda asumido en mi Amor.
Y eso me llena, me colma.

Me rebosa este Amor,
regando y fecundando la vida que me rodea.
Mi cotidianidad es color “gris-primavera”.
No me adorna más maquillaje
que la cara lavada y la mirada limpia.

Sé que este amor es Amor porque es como el Agua.
La que apaga mi sed para siempre.
La que sacia mis anhelos, refresca mis descansos,
relaja mis nervios, templa mis sofocos, limpia mis heridas.
La que me mantiene viva.
La que es don de Dios…

Sí. Este Amor es como el Agua.
Como el Agua de las aguas,
así el Amor de los amores.
Y –junto al brocal de un pozo-
esta samaritana hoy le canta.

jueves, 23 de junio de 2011

Un Dios que no duerme

Mi Dios no duerme. Esta noche no.
Le ha desvelado una pena.
Y no hay brisa que le meza, ni Padre que le consuele.
Mi Jesús, soñando cielos, ha despertado en un huerto (Mt 26,36).
Y no hay luz que le sosiegue.
Hoy no hay nanas para el Hijo. Esta noche no.
Le ha desvelado una historia. Parecida a la mía, y a la tuya.

En la barca esta noche nos dormimos tú y yo.
Mi Dios no puede. El miedo le desveló.
La tempestad no se calma. Empapa la tierra el sudor.
Sólo un ángel le acompaña…

Mi Dios no duerme. ¿Quién le acunará?
No hay descanso en su pesadilla.
No hay alivio en la amistad.
Llueven lágrimas desde este Cielo encarnado,
hecho Hombre, hecho pecado.

En esta barca inundada,
entre estas olas que ahogan,
en un navío que va a pique,
esta noche, la noche de las noches,
mi Dios no duerme.

jueves, 3 de febrero de 2011

Saliva y tierra

Y Nacho abrió los ojos.
Fue una cura inmediata.
Sí. Abrió los ojos y empezó a verlo todo.

Vio la tierra. Porque era tierra, no calle. Calles no vio ni una. Vio las chabolas, hechas de cartón y uralita, y tierra. Casas tampoco vio. Sólo aquellos paraguas de cartón y uralita sobre la sucia tierra.
“Si quieres agua, aquí el río y allá el mar. Y si no, traga saliva. Puede que algún día alguien se acuerde de esta selva”.

Sus ojos se recuperaban a una velocidad pasmosa.
Igual que su alma.
Cada vez podía ver más detalles.

Vio los árboles, generosos, cargados de frutos dulces: mangos, pitallas, piñas, cocos, y muchos otros de los que no sabía el nombre. Nunca antes había podido ver algo parecido. Tanto fruto en tanta nada. Tierra, sucia pero buena. Tierra que sirve a sus pobres.
“Si quieres comer, sírvete. No hay más de lo que ves. Tampoco menos. Tranquilo: hoy no morirás”.

Junto a los hombres, los chanchos, y las gallinas, y esos perros desnutridos que lamen las heridas de sus amos, tan desnudos como ellos, puros huesos.

Saliva y tierra (Jn 9, 1-25). Y los ojos de Nacho abiertos de par en par.
“Bienvenido a la familia. Aquí el papá, la mamá, el abuelo, la abuela, la hija mayor con el yerno y los 3 nietos, el hijo mayor con la nuera y 4 nietos, la hija mediana con el marido, recién casada, y los dos pequeños, que tampoco van a la escuela, aquí no hay de eso. Contigo ya estamos todos”. Y sonríen. Y es una sonrisa sincera.

A Nacho le lloran los ojos. De pura salud.
Su corazón palpita como nunca. ¡Se siente vivo como nunca!
Cuando leyó el anuncio no podía acabar de creerlo: “Se devuelve la vista a los ciegos; tratamiento intensivo mínimo de dos semanas, con auténticos profesionales del Tercer Mundo”.
Y ahí estaba ahora. Viendo.
Viendo a los hombres ser hombres, vestidos de decencia y dignidad. Sin nada detrás de lo que poder esconderse. Viendo a las familias ser familias, amplias, acogedoras. Sin cuatro paredes que pudieran protegerlas, ni tampoco aislarlas. Viviendo de la fe. La fe que promete que Dios no se olvida de sus hijos, que Dios camina con su Pueblo, que Dios habita entre nosotros. La fe que mueve montañas, tan grandes como el corazón de Nacho.

Algún día, en esa selva, habrá un buen pozo; él se encargará de ello. Mientras, Nacho aprovecha la vida jugando con aquellos niños, a ver quién lanza la piedra más lejos. El eco de las risas llega hasta el cielo. Y Nacho, conmovido, reza…
“Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador” (Lc 2, 29-30).

miércoles, 2 de febrero de 2011

Pablo quiere ver a Dios

Pablo quiere ver a Dios.
Quiere. Pero no puede. Algo falla.
Dicen que Dios está dentro de cada uno, que habita en el corazón del hombre. Pablo se mira en el espejo y sólo ve la imagen que ha creado de sí mismo: un tipo joven, deportista, divertido, listo, guapo… y mentiroso, seductor, aprovechado, manipulador…
Pablo quiere ver a Dios y no puede. Dicen que Dios está en el prójimo. Pablo sale a buscarlo, y de camino se pierde en el prójimo. Se pierde entre las faldas de Marta, en el escote de Ana, en la boca de María… Sale buscando amor. Y regresa satisfecho de sucedáneos.

Pablo quiere ver a Dios, pero algo falla. Dicen que Dios está en la Iglesia. Y a la iglesia va, cada semana: y es catequista, y canta en el coro, y hasta es colega del cura. Porque de verdad que Pablo quiere ver a Dios. Pero no puede. Y se va a cenar con los amigos, y les cuenta con detalle lo de Marta, y lo de Ana, y lo de María… y se ríen a carcajadas. Y de postre, unas copas, y si se presta algo más denso. Recoge a su novia, que nada sabe de nada, y se la lleva en el coche a algún lugar apartado donde hacerle el favor que la deje contenta. De vuelta a casa va pensando a dónde va a mandar a su madre si le pregunta de dónde viene, que ya no es ningún niño. Se encierra en su cuarto y se tira en la cama. Envía un SMS indecente al móvil a Marta, y a Ana, y a María. Y mientras ve en la tele un debate rosa sobre la Iglesia se pregunta por qué la criticarán tanto, con lo fácil que es en realidad ser cristiano hoy en día: si eso del pecado ya no existe, que se lo dijo su colega el cura no sé cuándo. Y se duerme. Por supuesto sin ver a Dios.

Porque Pablo quiere ver a Dios. Pero quiere y no quiere.
Y mientras enturbia su vida de impureza, Dios mismo en persona susurra en su alma la Verdad: “Los limpios de corazón verán a Dios” (Mt 5,8).

lunes, 31 de enero de 2011

Ciegos de nacimiento

Hemos decidido que queremos un hijo ciego.
Eso es: no queremos que vea.
Ni cosas bonitas, ni cosas feas. Nada.

No es bueno que un niño vea.
A nosotros nos educaron en la luz,
y hemos tenido que ver cosas terribles…
Hemos visto arrugas en la frente del abuelo.
Hemos visto muerte, enfermedad, violencia.
Hemos visto gente pidiendo en la calle.
Nos hemos enamorado de una sonrisa.
Nos ha tentado la belleza.
Y ese conocimiento, ese amor, esa compasión, nos han hecho sufrir mucho. Sufrimiento inútil. Al final, la vida nos ha enseñado a ocuparnos de nosotros mismos, que es lo único importante.

No es bueno que un niño vea. Mejor esperar a que sea mayor, y que él mismo decida si quiere o no abrir sus ojos.
¿Cuánto mal habré hecho yo por poder ver?
Si no hubiese visto la injusticia, mi silencio no me habría hecho su cómplice. Si no hubiese visto el dolor, mi pasotismo no me habría secado el corazón. Si no hubiese visto la hermosura, mi hedonismo no me habría esclavizado. Si no hubiese visto la paz en el rostro del que sueña, ¡cuánta envidia no habría sentido!

No, definitivamente no queremos que nuestro hijo vea.
Que nadie le hable del sol, ni de la luz, de las estrellas, del rojo del rubor del amor, de la transparencia de las lágrimas, de los colores de la piel, de las miradas que hablan.
Queremos que se lo pierda.
Lo encerraremos en casa. Entre nuestras cuatro paredes y nuestra oscura visión de todo. Porque así será más libre. Y más feliz. Ya lo dice el refrán: “Ojos que no ven…”.

sábado, 29 de enero de 2011

Paula sembrando amor

Se llama Paula. Tiene 32 años, es soltera, licenciada en filología clásica, y da clases de lengua castellana en un colegio a grupos de primaria y secundaria.

No sé si he empezado bien. Porque a Paula le da mucha rabia que se diga “es soltera” como parte importante de la presentación de una persona. Como si se llegara tarde al amor, o fuera deficiente o defectuosa por no estar casada. Como si sólo en pareja se pudiera amar. Como si servir a todos no contara… Yo tengo que darle toda la razón. Porque yo no sé si Paula se casará algún día; lo que sí sé es que ninguno de los que la conocemos podemos decir que, hoy por hoy, no ama con toda la intensidad. Me atrevería a decir que puede que hasta más que si estuviera casada…

Paula es una mujer joven, alegre, inteligente, cariñosa, a veces un poco impulsiva, apasionada, muy divertida. Es bonita, es trabajadora, es atenta, muy buena amiga, y no he probado pechugas de pollo rebozadas más ricas que las que ella prepara.

Se levanta temprano. Desayuna, se ducha, y repasa las clases que le tocan ese día. Toma su cartera, saluda al gatito del vecino en el rellano, da los buenos días a la señora María en el ascensor que sale a comprar el pan, y espera el autobús oyendo música en su MP4. A la entrada del colegio, todos los alumnos que la ven llegar, uno a uno, la saludan: “¡Paula!”, “¡Paula!”, fumándose un pitillo sentados en el escalón de algún patio de la acera de enfrente. Y ella les contesta, uno a uno, con su mejor sonrisa.

Entra en el centro y saluda a Conchita, la portera, toda una institución. Ahí está, con el teléfono en una mano, tres alumnos gritones que le piden no sé qué, y una madre nerviosa porque su hija salió de casa sin la carpeta, y o se la da ya o va a llegar tarde al trabajo. Conchita resopla, y Paula le manda un beso al aire y le guiña el ojo. Todo está controlado.

Primera clase. No hay ganas. Les cuesta sentarse y abrir el libro casi 10 minutos. Paula no deja de sonreír. “Os he preparado una ficha de oraciones subordinadas adjetivas; vais a ver como ahora sí entendéis bien lo que os expliqué ayer. ¡Venga, chicos, que es más fácil de lo que parece!. ¿Sacamos un lápiz, sí?”. Unos hacen las frases. Otros no. La mayoría pierden la hoja mucho antes del examen. Segunda hora, más de lo mismo. Y tercera, y cuarta, y quinta…

Hasta aquí. Podría hablaros de la Paula que da clases particulares gratis dos tardes por semana a un alumno que lleva mucho retraso y tiene a sus padres en paro. O de la que se lleva a Pepe al cine cuando lo ve más deprimido de lo normal, “para que se despeje” dice ella. De la Paula que no se olvida de ningún cumpleaños… ni de llamarnos a todos para que ninguno nos olvidemos ningún cumpleaños. De la que ahorra todo el año para pasar el verano en Nicaragua, haciendo lo que mejor sabe hacer: sembrar amor. Y esa siembra suya es fecunda. Porque Paula dice muchas cosas y muy bien dichas con su vida.

Sí: nuestra Paula es Evangelio, Buena Noticia en el cole, en la calle, en el bar, en el mercado, en este y en el otro lado del Charco. Es semilla de Dios, porque Dios es Amor.
Yo la admiro. Aunque ella jamás ha dado ni la más mínima importancia a nada, y cambia rápidamente de tema cuando se le hace algún tipo de reconocimiento. Ella siembra amor, sin mirar la tierra. A puñados. Sin ponerse límites. Y si le pregunto si merece la pena, si no se cansa nunca, si no siente a veces que lo desperdicia, se subleva y se pone roja; y con fuerza pero sin perder la sonrisa, me contesta: “¡el amor siempre merece la pena! ¡Siempre! ¿Voy a tener que prepararte una ficha para que lo entiendas?”.
Y se ríe.

viernes, 28 de enero de 2011

El Sembrador (I)

Salió el sacerdote al ambón... a proclamar la Palabra de Dios.
Y entonces sonó un teléfono móvil, y una mujer contestó mientras salía aprisa de la iglesia: "Dime, que estaba en Misa". Y otra abrió el monedero y empezó a buscar qué echar en la cesta. Y otra pensó: "Ojalá hoy no predique, que se me hace tarde para ir al mercado". Y otra: "¡Qué pesada la abuela de delante, que no se está quieta con el monedero!". Y entonces entró otra por la puerta, cargada con un carrito y un niño que no paraba de llorar. Y para que se callase, no se le ocurrió otra cosa que dejarle jugar con el llavero... Ruidito de llaves de fondo desde ese momento. Y otra pensó: "¡Qué frío hace aquí!. Con el dinero que damos, ya podrían poner otra estufa". Y otra: "¿Ha dicho según san Mateo o según san Marcos? ¡Ya me he vuelto a distraer!". Y otra se apoyó en el banco, y el bastón de la de al lado se cayó al suelo. Y se oyó alto y claro cómo le decía a la joven de atrás: "Psss, psss, tú, chiqueta, recoge el bastón que yo estoy muy mayor". Mientras, mi mejor amiga se mordía los labios, aguantando la rabia que le daba lo mucho que la estaban distrayendo. Ni siquiera yo escuché ese día la Palabra: estaba pensando que sería bueno escribir todo lo que veía. Sí. Quedaría muy bonito. Sería muy edificante. Daría mucho que pensar. Y para subrayar el paralelo de este tiempo nuestro con el del Señor, si empezaba como he empezado aquí, tendría que acabar diciendo: "Salió el Sembrador a sembrar...." (Mt 13, 3.23).

PD: basado en hechos 100% reales.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Detrás de la montaña

El profeta abre el balcón, se asoma a la calle y grita con todas sus fuerzas: "¡¡¡Preparad el camino al Señor!!!" (Lc 3,4). Y por más altos que pongamos los villancicos, siempre habrá alguien que escuche, como en un sueño, su eco. Alguien que mire hacia arriba, buscando de dónde viene esa voz. Es un ejercicio peligroso: si buscas puedes encontrar cosas. Cuentan por ahí las abuelas que unos Magos, de tanto mirar, dieron con una estrella, y tuvieron que emprender un viaje inesperado que les cambió la vida para siempre.

Yo me asomo a mi ventana y veo... la ventana del edificio de enfrente. Detrás de ese edificio sé que hay otro, y detrás otro, y otro más... lo que no sé es hasta cuántos. Pero sí sé que en algún momento las luces cesan, los ruidos también, la gente desaparece, y los edificios, y queda la montaña. Una austera, alta y poco prometedora montaña que no me deja ver lo que hay detrás. Y que, con el frío y la noche, no me apetece nada subir.

Sé que esa montaña existe. Aunque no tenga nombre propio. Aunque no aparezca en los mapas. Es mía, en exclusividad. Tengo experiencia bien concreta de ella. El eco del profeta muere a sus pies. Miro hacia arriba y no veo más que metros de tierra, mi tierra. Debe haber treinta y tantos, al menos uno por cada año vivido hasta aquí. Y están compuestos por un sinfín de "me acuerdo de", "cómo me duele que", "yo ya no merezco que", "no puedo olvidar que", "siento que a mí no", "y por qué a mí", "es que yo sola no", "a estas alturas ya no", "la realidad es la que es"... y por un "que sea lo que Dios quiera" que suena más a rendición que a abandono confiado.

Mi Dios quiere vivir mi vida conmigo. Y una enorme montaña de sentimientos oscuros almacenados adviento tras adviento se ha levantado en medio, demasiado indiscreta como para ignorarla más. Abro los ojos, y desde algún balcón no muy lejano el profeta grita: "Que se abajen los montes... Y todos verán la salvación de Dios" (Lc 3, 5-6). ¿Cuántas veces detrás de la montaña está la aurora?...

"Si tuvieras fe como un granito de mostaza le dirías a esa montaña: quítate de aquí... Y lo haría" (Mt 17,20). Y sería Navidad.
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