Hace unos días os pedí ayuda para completar un listado de emociones y sentimientos, y por lo visto o nadie me leyó o nadie conoce más emociones de las que conozco yo, porque la respuesta fue bastante poco enriquecedora. De todas maneras no me dí por vencida, y buscando en internet me hice mi propia lista actualizada.
Dicen que las emociones se empiezan a superar cuando se empiezan a expresar. Yo voy entendiendo un poco de esto. Sólo en parte, puesto que hay emociones en mí que no quiero superar, sino incluso fomentar. Y porque cada vez soy más celosa de custodiar mi intimidad, y de no dar explicaciones a quien no me da la gana darlas, que es al 97% de la gente que me rodea.
Aun así, a día de hoy puedo decir así, sacado de contextos que no quiero contar, que siento agradecimiento, alivio, ansiedad, confianza, curiosidad, decepción, desencanto, duelo, esperanza, firmeza, flexibilidad, fragilidad, frustración, impaciencia, incomprensión, inestabilidad, inseguridad, interés, miedo, motivación, pudor, rabia, resignación, tenacidad, valentía, vergüenza... Una mezcla interesante, ¿verdad?. No sé dónde meter más esfuerzo: si en superar las emociones que no quiero o en potenciar las que sí, que de entrada pongo en negrita porque merecen ser resaltadas. Mis "doctores honoris causa" me ayudarán a discernir adecuadamente. Dios, que lo está viendo TODO, nos dará la luz necesaria para que este cuerpo invadido de emociones -entre otras muchas cosas- que os escribe, deje de doler.
Que no esté publicando no significa que no esté escribiendo. A mi libro le han crecido casi 90 páginas... Roza ya las 300. Que salga es uno de mis grandes sueños, y me estoy tomando bastante en serio hacer lo que esté en mis manos para que se cumpla.
Cuando corriges cosas que escribiste hace unos 5 años y añades otras que salieron de ti en los últimos meses, darse cuenta de que ya no estás donde estabas es relativamente sencillo. Es cierto que haber vivido lo que he vivido (escribir es también vivir) me ha enseñado cosas gracias a las cuales ahora estoy en situación de escribir lo que escribo. La evolución es un proceso. Yo, hoy...
Me mandan hacer un ejercicio para distinguir lo que en mí son pensamientos de lo que son sentimientos y emociones. Imagino que habrá cierta diferencia entre pensar que todo es un enorme mondongo y sentirse triste; o a lo mejor son causa-efecto, no lo tengo claro todavía. Si aprendo algo interesante al respecto prometo compartirlo.
El problema viene a la hora de poner nombre a las emociones. Porque, al menos yo, estoy más acostumbrada a hablar de lo que pienso que de lo que siento; y me falta vocabulario, mucho muchísimo. ¿Me ayudáis a hacer una lista?. Empiezo yo:
No puedo hacer mucho estos días. Sólo estar, la mayor parte del tiempo dormida por la cantidad de medicación que llevo encima. Tesa se ha marchado un tiempo con mi hermana porque no puedo salir a la calle. Veo la Misa en la tele. Cuando estoy más despejada rezo, ofrezco, e intento echarle humor al asunto. Confieso que algún rato he llorado. Pero también he reído, y he procurado sacar alguna sonrisa a otros. Incluso estoy manteniendo mi trabajo en el cole al día desde casa. He acabado el postgrado, he sacado el carnet de conducir, y me muero de ganas de ver la luz más allá del sofá del comedor donde estoy aparcada. La música me sigue acompañando. El cine y la lectura también, aunque por fascículos, porque me duermo enseguida. Con la oración es más sencillo: creo que rezo hasta dormida. De vez en cuando entro en las redes, a ver qué pasa con mi gente. Y encuentro joyitas; por compartir un poco os cuelgo ésta que tanto bien me está haciendo estos días:
“El humor es otra de las armas con las que el alma lucha por su supervivencia. Es bien sabido que, en la existencia humana, el humor puede proporcionar el distanciamiento necesario para sobreponerse a cualquier situación, aunque no sea más que por unos segundos.”
Dice el Evangelio de hoy (Lc 9, 11b) que Jesús "curaba a los que tenían necesidad de ser curados". Deduzco fácilmente que había otros, pues, que no necesitaban ser curados. Y que no necesariamente no lo necesitaran porque estuvieran sanos. Esto me ha dado mucho que pensar...
¿Habrá "enfermedades" que Dios quiera en nuestra vida? De ser así, el motivo no puede ser otro que un mayor bien que el de la propia curación, ¿cierto?. Pero vaya, eso no es nada fácil de aceptar. Al menos en principio.
Imagino que hay varios tipos de enfermedades, y que no todas traen como desenlace la muerte (otro día a ver si escribo sobre es asombro que me produce el miedo que la gente le tiene a la bendita Hermana Muerte, porque no consigo entenderlo como un mal).
Hay enfermedades físicas: la lista de enfermos de cáncer por la que rezo cada día se lleva la palma, parece ser la que se impone imperiosamente a las demás. Pero la cantidad de dolencias físicas es tan larga que ni los médicos se acaban de aclarar, y a muchas de ellas las declaran "enfermedades raras", que no saben ni por dónde cogerlas. Si pasáis una noche en urgencias, en la sala de espera veréis una muestra muy variada: personas con mascarillas, goteros, tiritonas, contusiones, roturas, vómitos, mareos... Las causas, los médicos las sabrán; o no. Puede que Dios piense que no necesita curarnos de ellas, porque para eso inventó a los especialistas. O porque va a resultar que el dolor sí tiene un valor redentor, aunque nadie se atreva a hablar de ello...
También hay enfermedades mentales. Esas parecen ser más vergonzantes. Pero el hecho es que tanto la ansiedad como la depresión son el pan nuestro de cada día. He leído en algún sitio que el Prozac es el medicamento más utilizado en el mundo después de la Aspirina. Por algo será. Sin quitarles ni un pelín de importancia, y teniendo muy en cuenta que muchas de ellas son endógenas e incluso hereditarias, no puedo evitar preguntarme: ¿cuántas veces la culpa de un mal psicológico no está en la actitud del propio paciente?. La ansiedad, por ejemplo: ¿no hay casos en los que la cura consiste sencillamente en aprender a decir "hasta aquí" o "no"?. Pero eso supone un enfrentamiento, o con quien trata de explotarnos, o contra nosotros mismos y nuestra escala de valores; y los enfrentamientos no son agradables. ¿Necesita una persona así que Dios la cure, o ponerse las pilas y tomar el toro por los cuernos?. Buena pregunta, ¿verdad?. Especialistas para ayudar a discernirlo también los hay, y gracias a Dios algunos muy buenos.
Existen otras enfermedades... esas me preocupan bastante más. Son las espirituales. Me preocupan porque son tan gordas que a veces incluso causan además enfermedades físicas y psicológicas. No en vano el alma es la que alienta al cuerpo. Un cuerpo sin alma es un cuerpo muerto. Hasta ese punto hay dependencia. ¿Qué pasa entonces cuando es el alma la que está enferma?. Si existiese una especie de sala de espera para personas con enfermedades espirituales, ¿qué síntomas podríamos encontrar?. Tal vez tristeza, o falta de esperanza, o cansancio y agobio, o miedo y vergüenza, odio, rencor, egoísmo, falta de dominio propio, de paz... No me cabe la menos duda de que Dios quiere curarnos de estas enfermedades, pues precisamente para ello murió en una Cruz. Pero aceptar su curación supone dejarse en sus manos, confiar en Él, escuchar sus Palabras y dejarle que tome el control. Y ahí está la gran enfermedad del hombre moderno: ¡que no queremos dejar a Dios ser Dios!; ¡que en el fondo no nos creemos que Él sabe más!; ¡que no nos da la gana aceptar que su Voluntad sea lo mejor para nosotros, y nos empeñamos en querer entender y entender y entender!... Y ya nos lo advierten los santos, que no está el asunto en entender sino en amar -sin más, y "por ser Vos quien sois"- su Santísima Voluntad.
Así que Dios de mi alma: si crees que no tengo necesidad de ser curada, no me cures. No te pido la salud: ni la de mi cuerpo, ni la de mi mente, ni siquiera la de mi alma si mis pecados con tu perdón me van a acercar más a Ti. Sólo te pido que no me dejes sola nunca. Y que al final de mis días pueda cantar la mejor de las canciones; en heavy, pop, rock, indie... ¡me da igual!: pero cantar, sí, cantar a pleno pulmón y de todo corazón tu gran Misericordia.
Es el título de una canción 10 que compuso Mick Jagger para la banda sonora de Alfie. Magistral la música y la película. Pero hoy me quedo dándole vueltas sólo a la frase...
Los viejos hábitos tardan en morir. La conversión no es sencilla.
Aniquilar al hombre viejo, resabiado, quemado a veces,
y atreverse a dejar salir al niño que todavía llevamos dentro.
Superar de una vez por todas pecados que tenemos enquistados,
como si formasen ya parte de nuestra propia piel.
Enterrar para siempre esos recuerdos
que ocupan gran parte de nuestra memoria,
sólo para hacernos daño.
Abandonar el ejercicio de una vida acostumbrada
y retomar el "espíritu de la aventura"*con el que soñamos
cuando empezamos a recordar nuestros sueños.
Pasar de las prisas, los agobios, el qué dirán, la costumbre,
comerse el orgullo que nos pide buscar la autoimagen ideal
que tenemos de cómo debemos ser
y vivir, ¡vivir!, que -como me dijo ayer un hombre sabio-
es algo en lo que nunca podemos equivocarnos.
No se vive bien o mal: se vive y punto. Sin juicios. Sin machaques.
Es la voz del hombre viejo la que nos juzga en nuestro interior.
Pero una costumbre vence a otra costumbre.
Poco a poco, paso a paso, aunque cueste tiempo y esfuerzo.
El hombre nuevo quiere salir a la luz,
dejar que el sol le ilumine la cara,
probar a amar sin comisiones, a ver qué pasa.
Ser fiel, comprometerse, darse a fondo perdido.
Quiere dormir con la conciencia tranquila,
intentar la novedad de sonreír aunque no encuentre motivos,
cambiar viejos hábitos
por otros más saludables, divertidos, espontáneos.
Y que esos nuevos, si resultan merecer la pena, no mueran nunca.
PD: os dejo el vídeo por la canción,
sin menospreciar la reflexión final que hace el pobre Alfie de su vida.
Sigo dando vueltas a qué es lo que de específico tiene el hombre. Y he dado con algo que me distingue sustancialmente de mi querida Tesa. La capacidad de elegir. No me imagino a mi perrita decidiendo que la longaniza de pascua que ha quedado a su alcance no le conviene, porque es un exceso alimenticio para ella. Sin más la coge y se la come en un suspiro. Tampoco puede decidir ser más juguetona de lo que es, o no dormir aunque tenga sueño porque hay otras cosas más importantes que hacer. Su instinto la mantiene a mi lado, y me sigue hasta al cuarto de baño sin pensar que, a lo mejor, no es un lugar adecuado para acompañar a alguien. A mí me da ternura, pero reconozco que su inclinación natural es muy superior a su voluntad, que se reduce a apetencias del momento prácticamente inconscientes.
Sin embargo el hombre sí puede elegir. Puede elegir qué le conviene y qué no. Si seguir o no por un camino, aunque éste le lleve a dejar otros. Puede valorar moralmente las consecuencias de sus actos, y optar por llevarlos a cabo o no. Puede cambiar situaciones, enfrentar miedos, esforzarse en contra de sus inclinaciones. Y aun cuando no puede elegir qué hacer, sí puede decidir con qué actitud se va a tomar las cosas por las que va a tener que pasar. Si se deja hundir, o si se va a mantener firme; si va a apartarse a llorar o a salir a pasear y despejarse; si pedirá ayuda o se encerrará en sí mismo; si rezará o renegará de Dios...
A mí me ocurre que, pese a que estoy empeñada en practicar la prudencia con todas mis fuerzas, muchas veces los sentimientos me traicionan y meto la pata en cosas. No soy perfecta ni de lejos. Aun así, me alegra poder meter la pata, porque eso significa que también puedo sacarla. Y puedo decidir no flagelarme y, simplemente, aprender de la experiencia. Y en cada una de esas elecciones me hago menos animal y más persona. Descubrir esto, aunque sea a los 40 años y con mediaciones como las enseñanzas de Viktor Frankl, es toda una gracia de Dios. ¡Nunca es tarde si la dicha es buena!
Estoy estudiando en profundidad un epifenómeno. Se trata de un ser vivo, ¡sin duda!, puesto que respira. Que tiene parte corporal lo compruebo: tiene carne, huesos, pelo, ronca, le crecen las uñas, come, funciona su proceso escatológico, tiene una voz dulce, ha pasado por alguna intervención quirúrgica... Parte psíquica también: tiembla cuando tiene miedo, salta de alegría, sufre la soledad, le generan ansiedad los petardos, le encantan los besos y los abrazos, tiene una enorme empatía, que yo sepa ha pasado al menos un par de depresiones... Inteligente es: sabe que los envases de plástico encierran alimentos, y pedir lo que necesita o desea, inveatiga, le gusta aprender, proteger lo suyo... De la parte espiritual no me ha dicho nada, pero veo que atiende de manera especial en una Eucaristía o durante una oración. A veces se pierde su mirada hacia el infinito, y no sé si estará o no haciéndose preguntas profundas.
Por supusto, se trata de mi Tesa. La cuestión es: a parte de la libertad y de la conciencia moral, ¿hay algo más que nos distinga? ¿Qué es un perro para Dios? ¿Qué es el hombre para Dios? ¿Qué se puede esperar de cada uno? Continuará...