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viernes, 14 de abril de 2017

El lavatorio de... ¿los pies?

Jueves santo.
Muchas cosas que contemplar.
Quizás una que siempre me ha llamado la atención es ese lavatorio. Jesús arremangado, de rodillas frente al discípulo, con sus sucios pies entre sus benditas manos...
A veces, viendo al sacerdote en los Oficios hacer este gesto, me he preguntado si en algún momento podría sentir asco. Y si esto es posible en una celebración en la que, quienes van a lavarse, van ya bien limpitos y preparados, ¿fue posible también en aquella Última Cena en la que los Doce traían los pies como se los había dejado el duro camino?.
Mi respuesta es que no.
Y la justifico en lo siguiente:
nuestra soberbia, nuestro orgullo, nuestros odios, nuestras disputas, nuestros egoísmos, nuestros desprecios, nuestras mentiras, nuestras traiciones, nuestras desesperanzas, nuestras impurezas, nuestros abusos, nuestros silencios, nuestra falta de fe, nuestra comodidad, nuestra cobardía, nuestro desamor...
todas esas cosas ahí están, y Jesús las ve.
Nosotros, como aquellos leprosos, aquellos ciegos, aquellas prostitutas, aquellos publicanos, aquellos paganos, aquellos paralíticos, aquellos endemoniados, aquellas adúlteras, aquellos hombres y mujeres del Evangelio tan pecadores como tú y como yo, nos presentamos ante el Señor con... ¿los pies? ¡las almas! sucias, sucísimas.
Y Ėl no nos huye, no le repugnamos.
No, a Ėl no.
Y nos lava, los pies con agua,
las almas con Sangre.

"Haced esto en memoria mia".
Y el sacerdote hoy se ciñe la toalla,
se arremanga el alba y lava los pies.
Sí. El mismo sacerdote que se sienta día tras día en el confesionario donde nos espera otro lavatorio,
de amor y de perdón.
Gracias al Señor por este enorme regalo, y a los sacerdotes de mi vida por actualizarlo en mí.

domingo, 29 de mayo de 2016

Necesidad de ser curados

Dice el Evangelio de hoy (Lc 9, 11b) que Jesús "curaba a los que tenían necesidad de ser curados". Deduzco fácilmente que había otros, pues, que no necesitaban ser curados. Y que no necesariamente no lo necesitaran porque estuvieran sanos. Esto me ha dado mucho que pensar...

¿Habrá "enfermedades" que Dios quiera en nuestra vida? De ser así, el motivo no puede ser otro que un mayor bien que el de la propia curación, ¿cierto?. Pero vaya, eso no es nada fácil de aceptar. Al menos en principio.

Imagino que hay varios tipos de enfermedades, y que no todas traen como desenlace la muerte (otro día a ver si escribo sobre es asombro que me produce el miedo que la gente le tiene a la bendita Hermana Muerte, porque no consigo entenderlo como un mal). 

Hay enfermedades físicas: la lista de enfermos de cáncer por la que rezo cada día se lleva la palma, parece ser la que se impone imperiosamente a las demás. Pero la cantidad de dolencias físicas es tan larga que ni los médicos se acaban de aclarar, y a muchas de ellas las declaran "enfermedades raras", que no saben ni por dónde cogerlas. Si pasáis una noche en urgencias, en la sala de espera veréis una muestra muy variada: personas con mascarillas, goteros, tiritonas, contusiones, roturas, vómitos, mareos... Las causas, los médicos las sabrán; o no. Puede que Dios piense que no necesita curarnos de ellas, porque para eso inventó a los especialistas. O porque va a resultar que el dolor sí tiene un valor redentor, aunque nadie se atreva a hablar de ello...

También hay enfermedades mentales. Esas parecen ser más vergonzantes. Pero el hecho es que tanto la ansiedad como la depresión son el pan nuestro de cada día. He leído en algún sitio que el Prozac es el medicamento más utilizado en el mundo después de la Aspirina. Por algo será. Sin quitarles ni un pelín de importancia, y teniendo muy en cuenta que muchas de ellas son endógenas e incluso hereditarias, no puedo evitar preguntarme: ¿cuántas veces la culpa de un mal psicológico no está en la actitud del propio paciente?. La ansiedad, por ejemplo: ¿no hay casos en los que la cura consiste sencillamente en aprender a decir "hasta aquí" o "no"?. Pero eso supone un enfrentamiento, o con quien trata de explotarnos, o contra nosotros mismos y nuestra escala de valores; y los enfrentamientos no son agradables. ¿Necesita una persona así que Dios la cure, o ponerse las pilas y tomar el toro por los cuernos?. Buena pregunta, ¿verdad?. Especialistas para ayudar a discernirlo también los hay, y gracias a Dios algunos muy buenos.

Existen otras enfermedades... esas me preocupan bastante más. Son las espirituales. Me preocupan porque son tan gordas que a veces incluso causan además enfermedades físicas y psicológicas. No en vano el alma es la que alienta al cuerpo. Un cuerpo sin alma es un cuerpo muerto. Hasta ese punto hay dependencia. ¿Qué pasa entonces cuando es el alma la que está enferma?. Si existiese una especie de sala de espera para personas con enfermedades espirituales, ¿qué síntomas podríamos encontrar?. Tal vez tristeza, o falta de esperanza, o cansancio y agobio, o miedo y vergüenza, odio, rencor, egoísmo, falta de dominio propio, de paz... No me cabe la menos duda de que Dios quiere curarnos de estas enfermedades, pues precisamente para ello murió en una Cruz. Pero aceptar su curación supone dejarse en sus manos, confiar en Él, escuchar sus Palabras y dejarle que tome el control. Y ahí está la gran enfermedad del hombre moderno: ¡que no queremos dejar a Dios ser Dios!; ¡que en el fondo no nos creemos que Él sabe más!; ¡que no nos da la gana aceptar que su Voluntad sea lo mejor para nosotros, y nos empeñamos en querer entender y entender y entender!... Y ya nos lo advierten los santos, que no está el asunto en entender sino en amar -sin más, y "por ser Vos quien sois"- su Santísima Voluntad. 


Así que Dios de mi alma: si crees que no tengo necesidad de ser curada, no me cures. No te pido la salud: ni la de mi cuerpo, ni la de mi mente, ni siquiera la de mi alma si mis pecados con tu perdón me van a acercar más a Ti. Sólo te pido que no me dejes sola nunca. Y que al final de mis días pueda cantar la mejor de las canciones; en heavy, pop, rock, indie... ¡me da igual!: pero cantar, sí, cantar a pleno pulmón y de todo corazón tu gran Misericordia.

sábado, 12 de marzo de 2016

Adúltera

Escucho el Evangelio. Y algo se estremece en lo más profundo de mí. Tengo sentimientos encontrados, porque entiendo el adulterio como una infidelidad, y yo detesto la infidelidad, sobre todo cuando quien la sufre soy yo. Pero, en nombre de la verdad, a la que amo tanto como aborrezco la mentira, hoy tengo que arrojar mi piedra al suelo, como aquellos hombres de hace más de 2000 años. Porque tampoco yo estoy libre de ese pecado...

Culpable de decir que quiero a Dios con toda el alma, 
y luego no confiar en su Providencia.
Culpable de vivir nuestros encuentros
con frialdad y por compromiso.
Culpable de falta de comunicación sincera con Él, 
un día, y otro, y otro.
Culpable porque todo me parece más urgente que Él, 
que es el verdaderamente importante.
Culpable de vivir con más pasión 
mis propias pasiones que su Voluntad.
Culpable de traicionarle siempre en los mismos pecados, 
de no enfrentarlos con seriedad.
Culpable de haberme acostumbrado a su perdón 
y no conmoverme ni agradecerlo como se merece.
Culpable de seguir mendigando amores, 
siendo objeto del Amor del mismo Dios.
Culpable de estremecerme más
con mi música que con sus Palabras.
Culpable de quejarme de estar sola,
 teniendo a Dios habitando el mi casa, en mí misma.
Culpable, en fin, de infidelidad, de flagrante adulterio.
De forma alegórica y literal. 
Sin el típico "cariño, esto no es lo que parece".
Sorprendida en pleno acto por mí misma; 
acusada y juzgada y apedreada por mí misma.
Y mientras Él, en silencio, ni juzga, ni acusa, ni apedrea, ni condena.
Calla. Como mucho escribe algo que no consigo ver en el suelo.
Y esta noche dormiremos juntos, como si no pasara nada.
Y sentiré la ternura de su abrazo sincero.
¿En qué momento se descongelará este corazón mío?
¿Cuántas lágrimas más hacen falta para ablandarlo lo suficiente
como para caer de rodillas y besar los pies del amor de mi vida?
Jesús mío, ten misericordia de mí...

sábado, 27 de febrero de 2016

No me gusta

No me gusta la gente ruidosa.
No me gustan las personas que, donde van,
tienen que hacerse notar.
No me gustan las calles sucias.
A Tesa le molesta enormemente esquivar vasos rotos por el suelo,
y bebida alcohólica pegajosa, y pipís de personas.
A mí también.
Detesto que se me llene la casa de humo.
Me molesta enormemente tener que llamar a la policía
porque no se me permite el paso a mi portal.
No le encuentro la gracia a los ruiditos tipo bomba o disparo.
No me gustan nada las minorías
que imponen su dictadura a los demás.
Me altera muchísimo el egoísmo evidente.
¿Cuántas cosas más puedo decir?


viernes, 26 de febrero de 2016

La cura

Hay muchos tipos de enfermedades. Cada cual tiene la suya.
A Tesa le toca la vacuna contra la leishmaniasis. 
Las plantas precisan insecticidas contra las plagas.
¿Y qué pasa con las personas?
¡Ay, el complejo mundo humano!
Las personas podemos tener enfermedades físicas:
unas causadas por accidentes (me caigo y me rompo una rodilla)
y otras a saber por qué (cáncer, alzheimer, o una simple alergia).
También podemos tener enfermedades psicológicas:
estrés, baja autoestima, fobias, depresión, neurosis y síndromes varios.
Y enfermedades espirituales: 
pecados enquistados, poca fe, miedo o desconfianza,
y la peor de todas: la falta de amor.
Yo tengo alguna que otra.
Y a veces me pongo muy nerviosa 
pensando que pasa el tiempo y no me curo.
Contra mi impaciencia, una certeza:



domingo, 10 de marzo de 2013

Piensan...

Piensan que sólo existen ellos en el mundo.
Piensan que la gente que trabaja, no necesita descansar: ni los niños, ni los enfermos, ni los mayores...
Piensan que la calle es suya, y sólo suya.
Piensan que las papeleras están para reventarlas con petardos.
Piensan que los perritos deben hacer pipí dentro de las casas, porque los parques los tienen invadidos ellos.
Piensan que tienen derecho a meternos la música a volumen de discoteca por nuestras ventanas.
Y piensan que hacerlo hasta las 4 de la madrugada es una hora razonable.

Falleros que habéis tomado posesión de mi ciudad: no penséis. No se os da nada bien.
Estáis tan huecos por dentro como vuestros muñequitos de cartón piedra que tan bien os representan.
Vuestro egoísmo llega tan alto como vuestros castillos en el cielo.
Y si lo único que sabéis ofrecer al resto de seres que os rodean es ruido,
no puedo más que desear que acabéis como vuestros ridículos y obscenos monumentos: en nada.
Desde mi rinconcito en la red que es mi blog, mi más profundo desprecio hacia vosotros.



domingo, 24 de febrero de 2013

Creciendo

Estamos creciendo.
Y mucho.
Creciendo en paciencia.
Creciendo en humildad.
Creciendo en caridad.
Creciendo en esperanza.
Creciendo en confianza.

Creciendo desde el silencio.
Creciendo desde la oración.
Creciendo desde las lágrimas.

Crecen las injusticias.
Crece la difamación.
Crece la incomprensión.
Crece la insensibilidad.
Se hinchan los orgullos.
Grita alto el desamor.

Y con todo, crezco yo
sin que nadie se de cuenta,
sin llamar la atención de nadie,
con mi sonrisa habitual,
más centrada en lo que sí es importante.

Y Dios lo ve todo.
Todo.
Nada se le escapa.
Ni lo mío ni lo de los demás.
Y ahí me siento tranquila.
Y ahí yo descanso.
Ahí encuentro la paz.



viernes, 22 de febrero de 2013

Mi cruz

Creo que las cosas van bien, Hadasita.
Mira los signos.
¿Acaso conoces algún santo que lo haya pasado bien?
Conoces mil historias. Yo te las he leído muchas noches.
Sabes de sus enfermedades; poquita salud, ¿verdad?.
Poquito dinero también: justitos, justitos, muy justitos.
Y la incomprensión, y la difamación: de todos se ha hablado mal. Con mentiras, por supuesto.
Y ellos sonreían. Y callaban. Como hacemos nosotras.
Los signos están ahí.
No se sigue al Crucificado sin cruz.
Así que no te preocupes, mi niña. Que nada te asuste.
Las cosas... van bien.

sábado, 26 de noviembre de 2011

¿Adviento?

Empieza este Adviento, que es continuación del mío personal, que a su vez enlaza con el grito del Pueblo de Israel de hace milenios.
¿Vendrá el Señor a salvarnos? ¿Llegará el momento del encuentro? ¿Es la esperanza cierta?
El camino se ha hecho demasiado duro. La noche indefinidamente oscura. El tiempo monotonía insípida. El corazón late cansado.
Enciendo una vela: la primera. No sé si la corona presagia navidad o muerte, principio o fin.
Hace tiempo que no sé qué es la alegría. Mi memoria no alcanza tan lejos. Suponiendo que alguna vez la sinitiera, que no fuera un mero juego de niña, una ilusión.
El Príncipe Azul, la Sirenita, los Reyes Magos, el Coco, el Ratoncito Perez, Santa Claus, Dios...
¿Cómo diferenciar ficción de realidad? ¿Dónde asentar la fe y descansar?  Si obras son amores, ¿qué amores entre tanto desamor son prueba de un Amor que no se siente?
Miro mi vela encendida y rezo, o leo, o lloro... viene a ser lo mismo...

Yo contigo, Señor, herido y ciego;
tú conmigo, Señor, enfebrecido,
el aire quieto, el corazón en fuego.
Y en diálogo sediento y torturado
se encontrarán en un solo latido,
cara a cara, tu amor y mi pecado.

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